jueves 8 de abril de 2010

Decidiendo el camino

Gabil se alejó de la posada evitando los caminos. Temía que una partida de gente del pueblo fuese tras él. Paró en una vaguada para darle de comer al hada jugosas fresas silvestres y migas de pan duro, que previamente había ablandado en la boca. Aprovechó la parada para consultar sus tabas y ver qué camino a seguir le sugerían. Las sacó de una bolsa de cuero viejo que llevaba colgada al cuello. Eran tres: una negra, una gris y una blanca. Gabil dibujó con el mango del hacha un círculo en el suelo cubierto de humus, pronunció unas palabras en el lenguaje secreto de los enanos y las lanzó. La blanca y gris cayeron casi en el centro del círculo, la negra quedó rozando el límite del mismo.
—¿Por dónde debo ir? —preguntó el enano.
—¡Peligro! ¡Peligro! —exclamó la taba negra con voz chillona.
—Tranquilo, si cruzas el río que hay al norte de aquí antes de mañana, no habrá peligro —contestó la blanca con despreocupación.
—Bueno —dijo la taba gris—, no hay peligro si llegas, pero está lejos y puede que no llegues.
Gabil soltó un gruñido. Cogió las tabas y volvió a lanzarlas.
—A ver si os ponéis de acuerdo —dijo a los huesos.
Esta vez las tabas cayeron muy juntas dentro del círculo.
—Yo opino —dijo la taba blanca— que avanzando por esta vaguada llegarás antes al río. No te desvíes.
—Yo opino, yo opino… —contestó la taba negra imitando el tono de voz de la blanca— ¿Y los lobos? ¿Eh? En la vaguada hay una manada que saldrá de caza cuando se ponga el sol.
—Demos un rodeo, entremos en el bosque que hay al este y evitemos la vaguada —dijo la taba gris—. No creo que los que nos persiguen se adentren en el bosque.
—¿Quién nos persigue? —preguntó Gabil— ¿Aldeanos?
—¡No, no! —chilló la negra—. Son soldados. Los aldeanos han llamado a los soldados de su feudo.
—Tanto como para llamarlos soldados… —corrigió la taba blanca— Van mal armados y temen la noche.
—Pero son soldados —contestó contrariada la negra—. Y van armados.
Gabil se arrascó la cabeza. El hada se asomó entre las barbas del enano y miró con curiosidad las tabas.
—¿Entonces? — preguntó Gabil—. ¿Por dónde?
—Es complicado —contestó la taba gris—. Si continuamos por la vaguada nos encontraremos con una manada de lobos, unos cinco o seis. Aunque comieron ayer y no creo que se arriesguen contra un enano armado. Por otro lado si damos un rodeo por el bosque perderemos mucho tiempo y los soldados, o lo que sean, nos darán alcance antes de llegar al río.
—Lobos o soldados ¡Vaya elección! —dijo la taba negra.
—Lobos poco hambrientos o soldados mal entrenados —habló con parsimonia la taba blanca.
El hada tiró de la barba del enano para llamar su atención.
—Prefiero los lobos —le susurró a Gabil—. Ellos matan por hambre no por placer.
—Sí, yo también los prefiero —contestó el enano acariciando el mango de su hacha.
—Vale, los lobos —dijo la taba negra con resignación—. Moriremos devorados por colmillos rezumantes de baba. Y seguro que están llenos de pulgas.
—¡Oh, calla ya! —exclamó indignada la taba blanca—. Pesimista, que eres una pesimista.
—¡Calla tú! —contestó la taba negra—. Yo soy la que ve los peligros, y tú, ¿qué haces tú? ¡Ojala te coman a ti la primera! Les gusta roer huesos viejos y blancos.
—Haya paz —intervino la gris—. Si atacan —dijo al enano— deberás centrarte en el de pelaje más negro. Es el líder. Si él cae, los otros se retirarán.
—También puedes parlamentar con ellos —puntualizó la taba blanca—. El líder es medio huargo y conoce la antigua lengua.
—Sí —intervino la negra—, así podrás preguntarle qué parte prefiere comerse primero… un brazo, una pierna… una taba blanca…
—¡Vale ya! —gritó Gabil—. ¿Es que nunca vais a estar de acuerdo en nada?
—Es cierto —dijo la taba gris.
—Llevas razón —contesto la blanca.
—Vale —replicó la taba negra—. Llegaremos a un acuerdo. Moriremos, pero estaremos de acuerdo.
—Bien —dijo Gabil ignorando a la taba negra— ¿Entonces? ¿Qué hacemos?
—Olvida cruzar el bosque —habló la taba gris—. Perderás mucho tiempo y la partida que nos sigue nos alcanzará. ¿De acuerdo?
—Sí —contestó la taba blanca.
—Vale —contestó la negra.
—Es mejor —continuó la gris— ir por la vaguada. Cuando nos encontremos a los lobos intenta hablar con el líder. Puede que nos deje pasar. Si no accede, desenfunda tu hacha y ve a por él. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —contestó la taba blanca.
—Vale —contestó la negra.
—Entonces, en marcha —concluyó la taba gris.
Gabil recogió las tabas y las guardó en la bolsa de cuero. El hada seguía asomada entre las barbas del enano. Sonreía.
—Me caen bien —dijo el hada.
—Son desesperantes —contestó el enano—, pero sin ellas las cosas serían más complicadas. Ahora escóndete y trata de dormir. Aún queda un largo trecho que recorrer.
Gabil borró el círculo del suelo con la bota y agarró el asa del hacha con fuerza.
—Lobos o soldados… —refunfuñó—. Espero que el medio huargo sea comprensivo.
—¡No lo será!
La voz salió de la bolsa de cuero envejecido. Era la taba negra. Gabil había olvidado decir las palabras que convertían a las tabas en meros huesos pintados. Maldijo a la taba, dijo las palabras y pateó el suelo con las botas para desentumecerse los pies.

El encuentro

Empujó la puerta de la taberna con fuerza. Un hedor, mezcla de olor a cerveza rancia y vómito reseco, le dio la bienvenida. Alguien de dentro exclamó “¡Un enano!” El resto de los parroquianos que medio llenaban el local se volvieron hacia la puerta.

Vieron entrar a un robusto enano enfundado en gruesa cota de malla, hacha corta colgando del cinturón y una barba negra que le llegaba casi a las botas. El dueño del local —un hombre desgarbado, chupado y de nariz rota— dejó las jarras que estaba secando con un trapo mugriento y le dio la bienvenida.

—¡Maese enano! Pase, pase. Es raro ver a uno de ustedes por las llanuras. Pase. Tengo buena cerveza y asado de cabra del día de ayer. Pase.

El enano se fijó en como el tabernero miraba su cinturón en busca de una bolsa con oro o monedas.

—Saludos —habló el recién llegado con voz grave—. Tengo sed. Y hambre. Y, sí, también algo con que pagar —dijo mirando a los ojos al tabernero.

—¡Oh! No, no dudo, no lo dudo. Antaño venían muchos de ustedes y jamás ninguno dejó de pagar. ¿Cerveza?

El enano asintió y se sentó en una de las mesas libres. Frente a él había dos duendes en avanzado estado de embriaguez que jugaban a darse manotazos el uno al otro en la cabeza. Por cada manotazo, soltaban una carcajada. En la barra había varios hombres, unos comiendo, otros bebiendo, y al fondo, en un rincón discreto, dos figuras esbeltas envueltas en capas negras que bebían vino de una jarra. Parecían ser elfos o medio elfos.

El tabernero se acercó a la mesa con una jarra de cerveza. Antes de dejarla preguntó.

—¿Y qué le trae por aquí? ¿Negocios?

—Busco algo —contestó con sequedad.

—¡Ah! Pues pregunte, pregunte. Es fácil encontrar información aquí. Vienen muchos clientes. De muchos sitios. Pregunte. Por cierto, mi nombre es Vilio. A su servicio.

—¿Por qué se llama éste lugar la Taberna del Hada? Y mi nombre, maese Vilio, es Gabil.

La pregunta sorprendió a Vilio. Dejó la jarra sobre la mesa y sonrió. Tenía la dentadura agujereada.

—¡Por favor! ¿No lo sabe? Mi taberna es famosa por eso. Mire, mire allí, en la jaula que hay sobre la barra.

Encerrada en una jaula —no mayor que la de un cuervo— había un hada. Era pequeña y estaba escuálida. Sentada en el suelo de paja y mirando al suelo parecía un pajarillo con una de las alas rota que espera la llegada de un zorro. El enano se levantó y se acercó a ella.

—Hoy está muy vaga —dijo el tabernero—. Normalmente suele cantar —se dirigió a ella y aporreó la jaula— ¡Vamos! ¡Canta! Un ilustre enano quiere escucharte. ¡Canta, perezosa!

—Dejadla —replicó Gabil—. Está enferma. No creo que cante, lo que hará es lamentarse.

—Ella está bien. ¿A mí me lo va a decir usted? Vamos, siéntese a tomar su cerveza y ahora le sirvo algo de cabra.

Gabil le ignoró. Se acercó aún más a la jaula y le habló al hada.

—¿Recuerdas las cuevas?

El hada alzó la mirada y le miró. Desplegó con elegancia las alas semitransparentes y respondió.

—Piedra, tierra, moho. Hogar —contestó muy bajito.

—Deje en paz a mi hada, maese enano —dijo Vilio con dureza—, y vaya a su mesa.

Gabil no se movió. El tabernero hizo una seña y dos hombres que estaban atentos a la conversación se acercaron a él.

—¿Qué ha venido a buscar aquí, maese enano? —preguntó el tabernero escoltado por los dos parroquianos.

—Ya encontré lo que buscaba —contestó casi en un susurro.

—¡Fuera! ¡Echadlo! —gritó Vilio a la vez que saltaba dentro de la barra— ¡Y quitadle el oro que lleve!

Los dos hombres se abalanzaron sobre Gabil y el tabernero sacó una espada corta de detrás de la barra. El enano esquivó a los hombres, pero se encontró con el filo de la espada de Vilio a un palmo de la cara. Con un rápido movimiento desenfundó el hacha corta y segó la mano del tabernero a la altura de la muñeca. Un chorro de sangre salpicó la mesa de los duendes, que comenzaron a reír desaforados. Los escoltas del tabernero retrocedieron. No tenían armas a mano, eran campesinos o artesanos del pueblo. Vilio gritaba de dolor y miraba su mano tirada en el suelo de piedra. Gabil descolgó la jaula del hada y volteando el hacha ante los clientes se dirigió hacia la puerta. Echó un rápido vistazo a la mesa del fondo. Los elfos, o semielfos, bebían vino ajenos a lo que estaba pasando. No le iban a dar problemas. Uno de los duendes se subió a la mesa y dando palmas exclamó:

—¡Bienvenidos a la Taberna del Manco!

Gabil volteó el hacha ante los presentes.

—¿Podré salir sin problemas? —preguntó el enano.

Uno de los hombres, con músculos y manos de de herrero, se interpuso entre él y la puerta.

—¿Por qué te la llevas? Aquí está bien. Tiene comida, calor y compañía. No tienes derecho a robarla.

—Yo no robo nada —contestó el enano—. No se puede robar lo que a nadie pertenece. ¡Apártate! —gritó.

El hombre se apartó de la puerta y le dejó pasar.

Una vez fuera, Gabil sacó al hada de la jaula y la metió con cuidado entre su barba. El hada se enredó en los pelos y se quedó dormida al instante. El enano tiró la jaula entre unos zarzales cercanos y se puso a caminar en dirección a las montañas del norte.

—Habrá que llevarte a casa —dijo al hada dormida.

viernes 28 de marzo de 2008

¡Bienvenido!

Querido Maese Enano,

¡Cuán feliz me hace vuestra presencia en la mina otra vez! Habeis de saber que fuisteis bastante descortes al marchar de aquí de esas maneras, sin despedios de los amigos... ni de los enemigos, claro.

Espero no os moleste la decoración que me he permitido hacer de las Puertas de Moria. Las cabezas de vuestros familiares y congéneres lucen muy bien en lo alto de una pica bien afilada.

Me hubiera gustado poder ver vuestra cara cuando por fin abatí al bastardo de Dâin y de un tajo certero seccionéle la testa. Me lo habríais agradecido. Ahora queda un trono vacante y muchos pretendientes, tal vez vos querais uníos a la guerra del Este.

No os robo más tiempo, estareis deseoso de volver a vuestro agujero antes de que el apestoso olor a naugrim se arremoline en las atestadas narices de los olog. Desde que escasean los snaga están algo famélicos.

Quedais invitado a tomar un buen vino de "mi" bodega. Brindaremos por los viejos tiempos. Por cierto, ¿adivinais con que me fabricaron mi cáliz?

Que la sombra os confunda y os guíe hacia certeras espadas.

Azog i Orch, Moria Goroth.

PS: Os alegrará saber que vuestro viejo amigo el cuervo ya llevó las nuevas sobre vuestro óbito a casa de vuestros venerables vejestorios.

martes 4 de marzo de 2008

Regreso a Moria

Han sido meses muy duros. Abandoné Moria a su suerte y hasta hoy he estado vagando por páramos y montañas, sólo, sin rumbo determinado. Hastiado de orcos y otras criaturas demenciales dejé de un plumazo todo aquello por lo que había luchado. Dejé Khazad-dûm en manos –en garras- de Azog y los suyos.

Hace poco más de una semana, en un lugar desprovisto de nombre, me crucé con un traficante sureño. Dijo venir de Moria. Cargaba en su carro yelmos y hachas de mis antepasados e intentó venderme algunas de dichas piezas. Le pregunté cómo las había conseguido. Guiñó un ojo y habló sobre orcos que realizaban trueques a cambio de cerveza y cerdo salado.

— Una ganga, maese enano. Por un barril de cerveza te dan dos hachas. —comentó.

Aunque también me advirtió que no me aventurase por allí. Sólo hacían negocios con gente de confianza.

Decapité al sureño. Fue una bendición poder viajar montado en un carro tirado por dos caballos sumisos. Estaba harto de caminar.

Ahora estoy en la Puerta del Lago. Seguro que ya han olido los caballos. No esperaré a que salgan. Es hora de entrar de nuevo en Khazad-dûm. Se acabó el mercado de los orcos.

¡Mellon!

viernes 24 de agosto de 2007

Las Landas de Etten

El silencio de su cámara le resultó extraño, tanto más después de haber estado más de un mes fuera. Se sentó en un petril cercano a la puerta y cerró los ojos por un instante. La lucha había sido larga y feroz y pocos momentos había tenido de asueto.

Los trolls de Etten eran pocos, su número había disminuido considerablemente al principio de esta edad cuando los pálidos comenzaron a expandirse hacia las montañas. Al principio estos temían a las abominables criaturas y no se adentraban en Las Landas, pero la falta de madera hizó a los leñadores más audaces, y tras estos vinieron los soldados para protegerlos. Los trolls lucharon, pero poco a poco hubieron de retroceder hacia los pasos, donde los soldados de Mezog guardaban nuestras espaldas. La confrontación se hizo evidente. Nosotros no queríamos que los pálidos supieran de nuestra existencia, y los trolls comenzaron a ser molestos. Algunos accedieron a venir al sur, a las cavernas, donde sabían que encontrarían comida y protección. Otros no quisieron separarse de sus bosques.

Así que retiré a la mayoría de mis efectivos y nos dirigimos con cautela hasta el mismo corazón de Etten. Primero caímos sobre los hombres del Rey, que acostumbrados a no recibir ataques durante el día no opusieron mucha resistencia. Los pocos leñadores que lograron huir fueron presa de los wargos habrientos, que al olor de la batalla habían cruzado las Montañas siguiéndonos.

Acabar con los trolls fue más complicado y ha dejado mis tropas bastante tocadas. Cada vez que uno de los olog caía los que quedaban redoblaban esfuerzos, como conscientes de su exterminio. Al final unos pocos claudicaron y, bajo la sombra del terror juraron no volver a internarse en nuestros reductos.

De regreso envié mensajes a Gundabad para reclutar nuevos soldados y al poco de entar en Moria nuevos efectivos han pasado a engrosar mis maltrechas filas. Falta me hace ya que los snaga habían infestado casi un tercio de las minas. Acorralaron al grupo de Aglarond y casí han esquilmado a los de Erebor. Larga tarea tirada al apestoso cieno, sha!

Pero ya estoy aquí y esta mañana les hice saber quien es el auténico Terror...