viernes 28 de marzo de 2008

¡Bienvenido!

Querido Maese Enano,

¡Cuán feliz me hace vuestra presencia en la mina otra vez! Habeis de saber que fuisteis bastante descortes al marchar de aquí de esas maneras, sin despedios de los amigos... ni de los enemigos, claro.

Espero no os moleste la decoración que me he permitido hacer de las Puertas de Moria. Las cabezas de vuestros familiares y congéneres lucen muy bien en lo alto de una pica bien afilada.

Me hubiera gustado poder ver vuestra cara cuando por fin abatí al bastardo de Dâin y de un tajo certero seccionéle la testa. Me lo habríais agradecido. Ahora queda un trono vacante y muchos pretendientes, tal vez vos querais uníos a la guerra del Este.

No os robo más tiempo, estareis deseoso de volver a vuestro agujero antes de que el apestoso olor a naugrim se arremoline en las atestadas narices de los olog. Desde que escasean los snaga están algo famélicos.

Quedais invitado a tomar un buen vino de "mi" bodega. Brindaremos por los viejos tiempos. Por cierto, ¿adivinais con que me fabricaron mi cáliz?

Que la sombra os confunda y os guíe hacia certeras espadas.

Azog i Orch, Moria Goroth.

PS: Os alegrará saber que vuestro viejo amigo el cuervo ya llevó las nuevas sobre vuestro óbito a casa de vuestros venerables vejestorios.

martes 4 de marzo de 2008

Regreso a Moria

Han sido meses muy duros. Abandoné Moria a su suerte y hasta hoy he estado vagando por páramos y montañas, sólo, sin rumbo determinado. Hastiado de orcos y otras criaturas demenciales dejé de un plumazo todo aquello por lo que había luchado. Dejé Khazad-dûm en manos –en garras- de Azog y los suyos.

Hace poco más de una semana, en un lugar desprovisto de nombre, me crucé con un traficante sureño. Dijo venir de Moria. Cargaba en su carro yelmos y hachas de mis antepasados e intentó venderme algunas de dichas piezas. Le pregunté cómo las había conseguido. Guiñó un ojo y habló sobre orcos que realizaban trueques a cambio de cerveza y cerdo salado.

— Una ganga, maese enano. Por un barril de cerveza te dan dos hachas. —comentó.

Aunque también me advirtió que no me aventurase por allí. Sólo hacían negocios con gente de confianza.

Decapité al sureño. Fue una bendición poder viajar montado en un carro tirado por dos caballos sumisos. Estaba harto de caminar.

Ahora estoy en la Puerta del Lago. Seguro que ya han olido los caballos. No esperaré a que salgan. Es hora de entrar de nuevo en Khazad-dûm. Se acabó el mercado de los orcos.

¡Mellon!