viernes 24 de agosto de 2007

Las Landas de Etten

El silencio de su cámara le resultó extraño, tanto más después de haber estado más de un mes fuera. Se sentó en un petril cercano a la puerta y cerró los ojos por un instante. La lucha había sido larga y feroz y pocos momentos había tenido de asueto.

Los trolls de Etten eran pocos, su número había disminuido considerablemente al principio de esta edad cuando los pálidos comenzaron a expandirse hacia las montañas. Al principio estos temían a las abominables criaturas y no se adentraban en Las Landas, pero la falta de madera hizó a los leñadores más audaces, y tras estos vinieron los soldados para protegerlos. Los trolls lucharon, pero poco a poco hubieron de retroceder hacia los pasos, donde los soldados de Mezog guardaban nuestras espaldas. La confrontación se hizo evidente. Nosotros no queríamos que los pálidos supieran de nuestra existencia, y los trolls comenzaron a ser molestos. Algunos accedieron a venir al sur, a las cavernas, donde sabían que encontrarían comida y protección. Otros no quisieron separarse de sus bosques.

Así que retiré a la mayoría de mis efectivos y nos dirigimos con cautela hasta el mismo corazón de Etten. Primero caímos sobre los hombres del Rey, que acostumbrados a no recibir ataques durante el día no opusieron mucha resistencia. Los pocos leñadores que lograron huir fueron presa de los wargos habrientos, que al olor de la batalla habían cruzado las Montañas siguiéndonos.

Acabar con los trolls fue más complicado y ha dejado mis tropas bastante tocadas. Cada vez que uno de los olog caía los que quedaban redoblaban esfuerzos, como conscientes de su exterminio. Al final unos pocos claudicaron y, bajo la sombra del terror juraron no volver a internarse en nuestros reductos.

De regreso envié mensajes a Gundabad para reclutar nuevos soldados y al poco de entar en Moria nuevos efectivos han pasado a engrosar mis maltrechas filas. Falta me hace ya que los snaga habían infestado casi un tercio de las minas. Acorralaron al grupo de Aglarond y casí han esquilmado a los de Erebor. Larga tarea tirada al apestoso cieno, sha!

Pero ya estoy aquí y esta mañana les hice saber quien es el auténico Terror...

viernes 3 de agosto de 2007

Cortesía orca

Sangre, sudor, fluídos... trozos de carne de diversas procedencias jalonan la sala mientras el sonido de las hachas hendiendo y el chasquido de los colmillos hincando flota en el ambiente como una espiral de terror, cada vez más rápido, cada vez más frenético.



Hace más de un mes que se desencadenó la ofensiva que nos ha pillado a todos por sorpresa, incluido al Innombrable. Las comadrejas, así llamadas antes por mi anterior e ingenuo ser, han irrumpido en todos y cada uno de los niveles de Moria cual marabunta de hormigas. No tenemos noticias de ningún otro grupo, ni del exterior... el mensajero que envié hacia Aglarond no volvió y la verdad es que no sé si pudo concluir con su encargo. La batalla es cruenta e insaciable la sed de sangre de esos seres, engendros maléficos del Morgoth.



Seguimos cercados en la Sala de Escritura, aunque gracias al conocimiento de los pasadizos tenemos un suministro intermitente de provisiones. Tampoco hemos sufrido demasiadas bajas, ya que las comadrejas no son muy tenaces en sus ataques. De los orcos no sabemos tampoco nada, las últimas noticias que recibimos fueron traidas por un Mezquino, Ignun. La rebelión de los Trolls de Etten les ha hecho partir hacia allí dejando Moria en bandeja a los snaga, que han aprovechado la ocasión. Comienzo a ver cual era el papel de los orcos mientras estaba sólo, y el por qué de tales matanzas de engendros. Aunque no es momento de pararse a pensar en el pasado.

Ignun vuelve del exterior con algo de comida, bayas y unas cuantas piezas de caza. Al principio este enano nos obsequiaba con carne negra de comadreja, pero le hicimos ver que preferíamos otras viandas. Ignun sigue devorando los cuerpos de los snaga y, aunque no es aceptado en el grupo su ayuda en el aprovisionamiento nos resulta crucial. Fue una suerte para él que Kibil sucumbiera en uno de los primeros ataques...

Los fuertes golpes en la barricada anterior que los enanos han construido con madera del cercano bosque devuelve a Mellon a la realidad. Las comadrejas han asaltado el recinto. Los guardas de la sala inferior vuelven sus pasos por el pasadizo secreto que conduce a la Sala de Lectura. Aglarond se prepara para el asalto final. Los ruidos fuera siguen creciendo, arañazos en la madera, crujidos de cuerpos lanzándose sobre la puerta... hasta que se hace el silencio, seguido de un chillido agudo y estremecedor.

Al cabo de unos minutos, que al grupo de enanos le parecen horas, Mellon abre la puerta lentamente. Un amalgama de restos cubre el suelo de la sala anterior, y a la luz de las teas la oscura sangre que todo lo empapa brilla con un fulgor estremecedor. En medio de la estancia una pica clavada en el suelo, y empalado, una de las comadrejas de mayor tamaño aun mantiene la mirada de terror en sus ojos, la misma con la que murió, súbita e inesperadamente.

Sin dar tiempo a los demás enanos a salir, una risa fúnebre, grave, insólitamente familiar cruzó la caverna. Mellon buscó su origen y se topó, en la otra punta, con la silueta ya familiar de Azog.

- ¡Jajaja! Maese Enano, que tenga usted un muy feliz aniversario