jueves 31 de mayo de 2007

Entre dos aguas

- La sala de escritura se ha convertido en refugio desde hace varios días. Todos los intentos de entablar amistad con los enanos de Erebor han resultado en vano. Patrullan sin cesar las pocas galerías que creen tener bajo control, eliminando cada vez más snaga. Estos últimos siguen llegando por docenas, y ya las hachas de los enanos comienzan a quedarse romas de tanta acción.

- Por su parte el primer enano ha habilitado el pasaje del anaquel, que conduce hacia los túneles del sector XXV. Se sirve de ellos para entrar y salir a por provisiones, y parece que hasta tiene un pequeño mapa de esos niveles. Aprovecha la oleada de snaga hacia sus parientes para entrar y salir con sigilo. Comienza a parecerse a las ratas que habitan el Eriador. De momento no ha detectado nuestra vigilancia.

- Desde Etten viene noticia de los olog disponibles para las futuras operaciones. De momento están en camino tres, que junto al que se recupera en las Zonas Bajas hace ya una buena escuadra de asalto.

Cuando Azog termino de recibir los partes de cada uno de sus subordinados sonrió con una mueca extraña, y se alejó hacia la escala que llevaba a las terrazas exteriores.
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Mellon tenía la extraña sensación de que alguien o algo le seguía en sus incursiones al exterior en busca de víveres. Pertrechado como estaba con su mejor armamento no temía a nada ni a nadie, y estaba dispuesto a luchar por su derecho al mithril de las minas. En los últimos días sus primos de Erebor habían estado entretenidos con las comadrejas, y apenas habían podido seguir su búsqueda. Estaba preocupado puesto que por fin había comprendido el engaño del infame Azog. Erebor había venido aquí para quedarse, y conquistar lo mismo que él buscaba. Y a causa de las mentiras que el abyecto cuervo vertió contra él, nunca podrían considerarlo como su aliado. Y sin embargo estaba preocupado ya que las comadrejas cada vez aumentaban en número y temía que sus primos no pudieran hacerles frente.

Cerca de las puertas de Moria encontró huellas frescas de un conejo. Marchó agazapado hasta que lo divisó, y mediante una rudimentaria honda que llevaba días perfeccionando logró abatirlo. Contuvo un grito de júbilo y se dispuso a cobrar la pieza, cuando notó que no estaba solo. Sin perder la calma, se colgó el conejo en el cinto y, echando mano al hacha corta, se giró lentamente.

Esta vez eran tres los enanos que le cercaban, parece que las comadrejas no habían sido tan persistentes en esta ocasión. Sin decir nada, poco a poco avanzaron hacia él mientras echaban mano de sus armas. Mellon también retrocedió hasta que su espalda tocó la fría roca. Sabía que llegado a este punto no valían palabras entre ellos. Afianzó sus potentes piernas en el suelo, aferró el mango de su hacha de combate y esperó la embestida. Esta no tardó en llegar desde su flanco derecho. Al menos le atacaban con honor, uno para uno. El de Erebor llevaba escudo y lo utilizó para defenderse, aunque Mellon intentó no herirlo. Los golpes de ambos no llegaban a su destino, aunque cada vez a Mellon le quedaba menos terreno. Los otros enanos jaleaban a su camarada, que envalentonado intentó un ataque bajo. Mellon lo repelió como pudo y le arreó en toda la testa un golpe con la empuñadura de su hacha. El enano se tambaleó unos segundos y cayo tendido a sus pies. Mientras los otros entraban en acción, Mellon aprovechó para ganar la salida del pequeño valle y dirigirse a la puerta. En ese momento lo vio. Sobre unas rocas a modo de terraza, el Inmundo disfrutaba del combate. Cuando se vio descubierto, soltó una sonora carcajada.

Mellon se paró en seco y el enano que lo perseguía a punto estuvo de alcanzarle. Se giró y le dijo
- ¿Es que no lo has visto ahí arriba? ¡Ese es en verdad nuestro enemigo! -
El de Erebor lo miró con desprecio, después echó una ojeada donde Mellon le señalaba y escupió.
- Maldito Mezquino, ¡que tretas no usarás para poder matarnos como hiciste con nuestro compañero!- y le lanzó un golpe seco que hizo que Mellon, que se había vuelto para mirar la terraza ahora vacía, cayera en tierra. Los enanos lo rodearon lentamente, mientras se preparaban para ejecutar la sentencia.

En ese momento un cuerno en la distancia, acercándose. Y con él voces, voces conocidas.

- ¡¡Aglarond!! ¡¡Aglarond por el hijo de Gabil!!

Mientras los dos enanos ayudaban a su compañero a escapar hacia las puertas de Moria, Mellon sé quedó mirando el refulgir de las hachas que acompasadamente se le acercaban poco a poco.

lunes 28 de mayo de 2007

De mal en peor

El Destino parece buscar tortuosos caminos para mí. A veces pienso que es la propia Moria la que hace todo lo posible por hacerme desistir en mi empeño por revivirla.

Llevé conmigo al rehén para liberarlo cerca de la sala donde estaban los de Erebor. Le expliqué al enano amordazado que iba a dejarle libre. De él dependía contar la verdad que había escuchado de mi boca. Lo cargué sobre la espalda, con las manos y pies atados, y caminé hacia el campamento de los enanos. Cerca de ellos lo bajé y –ante su mirada de sorpresa- deposité el trozo de mithril junto a sus pies. Le dije que era al único mithril que tenía. El resto, expliqué, estaba en los niveles inferiores custodiado por orcos y un troll herido. También le dije que ese trozo de plata tenía como destino convertirse en un anillo para mi madre, y que esperaba que me fuese devuelto cuando todo se hubiese aclarado.
Luego grité llamando a los enanos de Erebor. Poco después aparecieron dos de ellos, armados con hachas, en un recodo de los túneles.
Antes de que me viesen di una palmada en el hombro del que había sido mi rehén y le quité la mordaza de la boca. El enano me miró un instante y gritó llamando a los suyos. Corrí a refugiarme en uno de los pasadizos y esperé la llegada de los de Erebor. Cuando el enano se quedó solo llamando a los otros, cuatro seres peludos –Comadrejas- surgieron de uno de los pozos de ventilación y se abalanzaron sobre él. Una de la Comadrejas le desgarró la garganta de un mordisco. El resto hincó diente dónde y cómo pudo.
Salté de mi escondite y fui a por ellos. En ese momento llegaron los dos enanos de Erebor. Su compañero yacía desangrado sobre el suelo y ya era festín de los engendros. Los enanos se quedaron plantados ante la escabechina sin saber cómo reaccionar.
Furioso la emprendí a hachazos contra las Comadrejas. Maté a dos y recibí bocados y arañazos de los otros dos en brazos y piernas.

-¡Ayudadme! –le grité a los de Erebor.

Los enanos cargaron. Pero lo hicieron contra mí. Las Comadrejas, al ver tanta hacha junta, huyeron por los túneles.
Conseguí esquivar un hachazo y me deshice a empujones del enano que me atacaba. El otro estaba postrado junto al caído. Recogí el trozo de mithril del suelo y corrí a los túneles. Escuché a los enanos de Erebor maldecir tras de mí. Gritaban “Asesino” “Traidor” y juraban encontrarme y vengar la muerte de Odín.

Así me he enterado que el joven enano que retuve como rehén se llamaba Odín. Que Mahal le acoja en sus estancias.
El mithril lo tengo entre las manos. Está impregnado de la sangre del enano.
¿Cuántos más deben morir antes de que esta locura acabe?

sábado 26 de mayo de 2007

Nuevos movimientos

La gran sala estaba abarrotada de cuerpos sudorosos y dispuestos a escuchar las últimas novedades que portaba Subag. Decenas de teas ardían aquí y allá enrareciendo el ya de por si exiguo ambiente de la caverna, y junto al sonido del agua al gotear desde las grandes y vetustas estalactitas podía hacer perder el juicio a cualquiera. Y en cierto modo eso es lo que estaba pasando. Y por ese motivo también estaban reunidos.

Una figura algo rechoncha, más alta que la media de aquellos seres se acercó hasta un pequeño promontorio natural al final de la cueva. Dos grandes braseros ardían allí dando un halo de excelencia a aquel orador, que no se anduvo por las ramas.


- ¡Gente Oscura! - la voz de Subag bramaba por encima de los demás sonidos - Largo tiempo hemos estado confinados aquí, sufriendo los embates de unos y otros. La cuenta de nuestros hermanos que intentaron abrirse camino fuera es dilatada y doloroso es saber que casi todos cayeron bajo las zarpas de esos salvajes, esas bestias... ¡Urûk! - en cuanto pronunció la palabra un escalofrío de terror recorrió toda la congregación, y contínuas murmuraciones surgieron espontaneas hasta que la voz de Subag volvió a acallarlas.


- Pero esos días han quedado atrás - un murmullo mezcla de asombro y curiosidad se alzó de las miles de bocas apretujadas - los salvajes se han retirado de los pasos, se los ha visto regresar al oscuro norte, de donde nunca tuvieron que salir. La llegada de los Barbudos les ha hecho retroceder asustados cual conejos - Subag calló un instante para observar el alcance de lo que iba a decir.


- Camaradas, las puertas de Moria están abiertas de par en par para nosotros, ¡tomémosla sin falta!


El ruido y la algarabía que se formó tras las últimas palabras del gordo Subag ya no le interesaron al observador, que se retiró discretamente hacia la salida. Allí, junto a la gruta que hacía las veces de entrada, su capitán le esperaba apoyado en el gran arco de tejo que tan diestramente sabía emplear.


- ¡Señor! - el soldado se cuadró ante Mezog mientras este le invitaba a seguir - los snaga han decidido ya. Partirán inmediatamente hacia Las Minas.


Mezog agradeció las palabras del orco y salió al exterior. La luna estaba en cuarto menguante, ya quedaba muy poco para que ocultara su faz durante un tiempo. Sonrió y se acercó hacia el ave que estaba dormitando sobre la cornisa. Le susurró tres palabras al tiempo que impulsaba al cuervo, que desplego su negro plumaje mientras graznaba quedamente. Cualquiera diría que Tharkûn se estaba riendo. Mezog volvió hacia donde le esperaban sus guerreros y desaparecieron tras un recodo del camino.


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Tharkûn viajaba raudo hacia la cima donde sabía que su Amo le estaría esperando. Se sentía algo cansado, no en balde en los últimos días había volado más que en los cuatro últimos años. Había regresado de Aglarond el día anterior después de entregar un paquetito con mithril y un mensaje a los padres del enano, y Azog lo había mandado a las guardas de Mithrim. ¿merecía la pena tanto esfuerzo? el cuervo volvió a reir y continuó batiendo las alas, rumbo al Zigur.

viernes 18 de mayo de 2007

El rehén

He intentado varias veces parlamentar con los Enanos de Erebor. Ha sido imposible. Son aún más testarudos de lo que cabe esperar de un buen Enano. En cuanto me ven, cargan contra mí y me persiguen hasta que tienen que dar la vuelta para no perderse. En eso tengo ventaja. Conozco mejor Moria que ellos.
Aunque les entiendo. Yo en su lugar hubiese hecho lo mismo. No tienen por qué dudar de la palabra del cuervo. Ambos pueblos, Enanos y Cuervos, han sido aliados desde hace muchas generaciones. Pero en todo cesto siempre encuentras una manzana podrida. Y ésta manzana en concreto, hace su podrido trabajo muy bien.
Quizás desesperado, o puede que harto de la situación, he tomado una decisión drástica. El resultado de dicha decisión está aquí a mi lado. Atado de pies y manos. Con la boca tapada con un paño. Mirándome con odio y fiereza.
Espié a los de Erebor y escogí el rehén adecuado. Me decanté por uno que se viese la punta de los pies por si tenía que moverlo estando inconsciente. Cuando yo llegué aquí tenía una barriga digna del mejor bebedor de cerveza de Aglarond. Ahora estoy flaco como un galgo de Harad. Al menos mis brazos y piernas se han endurecido como la piedra.
Esperé a que el Enano que había elegido estuviese de guardia y usé para cazarlo el trozo de mithril que tenía. Puse la plata en un recodo y esperé a que pasase haciendo su ronda. Cuando lo vio fue directo a él. Al agacharse le cogí por detrás y le puse una daga en la garganta. Le dije que no se moviese o moriría. El muy idiota se revolvió contra mí. De haber querido le hubiese rebanado el pescuezo, pero no era el caso. Antes de que se soltase le di un cabezazo en la base del cráneo. Tiene la cabeza dura, pero parece ser que la mía aún lo es más. Cayó al suelo sin conocimiento. Yo me he quedado con un fuerte dolor de testa que tardará días en desaparecer.
Conseguí llevármelo cargándolo a la espalda antes de que sus compañeros notasen su ausencia.

Ahora lo tengo aquí, sentado en el suelo, atado y amordazado. Le he contado toda la historia, sin omitir nada. También le he dicho que voy a dejarle ir para que diga a los suyos lo que ha escuchado. Pero no todavía. Esperaré a hablar con ellos y ofrecerles el rehén como gesto de buena voluntad.
Voy a quitarle la mordaza para darle un poco de agua. Espero que no se ponga a gritar como un poseso. Tengo un dolor de cabeza inaguantable.

miércoles 16 de mayo de 2007

¡Enanos!

Ha llegado una avanzada de Enanos de Erebor. Escuché sus voces en la Puerta Oeste y corrí alborozado a recibirles. Es gratificante escuchar khuzdul de nuevo.
Son doce los recién llegados. Cuando me vieron juntaron sus cotas de malla y formaron en cuña. Grité, alzando ambas manos, que mi nombre era Mellon Gabilul, de Aglarond, y que eran bienvenidos en Khazad-dûm. No contestaron. Mantuvieron la posición defensiva y me miraron con el ceño fruncido. Extrañado pregunté qué es lo que les ocurría.
Entonces apareció el traidor.
Tharkûn llegó volando tras ellos y se posó en el antebrazo del que presidía la cuña.

- ¡Ese es! –graznó el cuervo- Ese es el Enano Mezquino que mató al nieto de Gimli y a los hobbits de La Comarca. ¡Ese es! ¡Él tiene el mithril de Moria!

Comprendí el plan de Azog. Había enviado al cuervo con falsas noticias a Erebor. Ahora mis congéneres creen que yo pertenezco al pueblo de Mîm y que soy un asesino.
El que comandaba la avanzada enana ordeno cargar contra mí. No iban a atenerse a razones, así que corrí hacia los túneles. Me volví una vez para gritarles que era una trampa y que en Moria había Orcos y, al menos, un Troll. Como respuesta sólo recibí el pesado marcar de las botas de hierro sobre la piedra de las minas.

He tenido que esconderme. Los Enanos de Erebor se han instalado cerca de la entrada Oeste y recorren en parejas los túneles buscándome.
Maldigo a Azog y a toda su raza. Me he convertido en un proscrito entre los míos. Difícil será que la verdad sea conocida.
El grupo de Erebor corre peligro. Azog estará esperando para caer sobre ellos. Tengo que hacer todo lo posible para desbaratar sus planes, o los matará a todos y enviará al cuervo con nuevas falsedades sobre mí.
Retorceré el pescuezo de Tharkûn en cuanto tenga ocasión. No habrá tregua en las minas.

jueves 10 de mayo de 2007

Traición

¡Traidor! ¡Cuervo traidor! ¡Que un rayo que le parta en dos cuando vuele entre nubes negras!
Ya no es posible confiar en nada ni nadie. Me he enterado por casualidad de la traición. Recorriendo los túneles me topé con dos orcos que hacían guardia. No llegaron a verme y me escondí tras unos bloques de piedra sin desbastar a escuchar. Quería enterarme de los tejemanejes de Azog.
Entre eructos, ventosidades y demás lindezas, los orcos comenzaron a hablar de Tharkûn. Me sorprendió –y alarmó- que conociesen su nombre. Esa misma mañana había estado con el cuervo y le encomendé la tarea de llevar un trozo de mithril a Aglarond. Al escuchar a los orcos temí por el cuervo –maldita sea su estampa- y supuse que había sido capturado y obligado a hablar.
Pero no. Los guardias orcos hablaron del “sublime” plan de su capitán Azog. Hablaron del vasallaje de Tharkûn hacia los orcos del Norte y de su doble juego. Dijeron que el cuervo volaba hacia Erebor con el mithril. ¡Erebor! Y comentaron, boqueando como sapos, que el mithril iba a atraer codiciosos paticortos que se iban a pelear entre ellos por el preciado metal. Luego, según el plan, los orcos de Azog rematarían la faena exterminando a los que quedasen en pie.
Tuve que contenerme. En ese momento hubiese salido de mi escondrijo y –como suele decir mi padre- sacado el hacha a pasear. Pero no podía asegurar que alguno de los dos escapase y dijese a su capitán lo que había escuchado. Así que di media vuelta y corrí a la sala de Escritura.
Es mejor que Azog piense que desconozco la traición del cuervo. Ajustaré cuentas con Tharkûn cuando regrese a posarse en mi brazo y mentirme sobre su viaje. Puede que no haga nada con él y utilice su doble juego en mi beneficio. Es algo que debo meditar.

Erebor… vendrán enanos de Erebor. Ese no era mi plan. Contaba con escuadras de Aglarond, y que el mithril fuese extraído por los míos.
Pero ¡qué balrogs!, los primos de Erebor son diestros en el manejo del hacha. Hablaré con ellos cuando lleguen. Primero decapitaremos orcos y luego, ya veremos que ocurre con la plata de Moria.
Habrá que esperar a ver que ocurre. Mientras tanto, afilaré las hachas, reforzaré las defensas y esperaré el retorno del traidor.

lunes 7 de mayo de 2007

El mensajero

En lo alto del Zigûr la figura de un orco con la zarpa extendida se recortaba frente al cielo azul. Al poco, una pequeña figura negra bajó desde las alturas batiendo las alas y fue a posarse sobre el guantelete que el orco llevaba enfundado.

- Tharkûn - el cuervo miró al orco y asintió - es hora de que comienze el baile, ¿verdad? El éstupido paticorto no ha querido escuchar, y ahora pagará por ello.
- Es que en ocasiones os poneis muy pesado Maese Azog - graznó el cuervo - con todas esas tonterías del poder orco, el Risorggimento y blablabla...
- Bueno, bueno... - rió el orco mientras acariciaba el lomo del pájaro y le acercaba al pico una tira de carne seca de primera calidad - tienes razón amigo, tienes razón. De tanto andar por las minas sin otra compañía que la de esos snaga se me ha llenado la cabeza de paja, jajaja... Pero vayamos a lo serio amigo. Para tí ha comenzado la parte difícil del plan. Tras años de placentero servicio vas a entrar en la guerra del doble juego. Y sé que estarás a la altura de las circunstancias.
- Serví con honor a vuestro hijo Bolg en las estribaciones de Gundabad, y ahora lo haré con vos. Sólo decid que debo hacer.
Azog sonrió mientras contemplaba el horizonte, la mirada clavada en el noreste.
- Llevarás el paquete que te encomiende el enano, pero no a Aglarond. Es hora de que todos los enanos sepan de la existencia del Mithril, ¿no crees?
El cuervo grazó repetidamente a modo de risa mientras retomaba el vuelo, presto a la cita que tenía con Mellon. La voz de Azog le indicó cual sería su destino...

- ¡¡Erebor!! Vé, Tharkûn, dirigete a Erebor y ¡¡TRÁEMELO!!

Conversación al estilo enano

Hablar. El orco me propuso hablar, ni más ni menos. Destriparlo, eso es lo que debería haber hecho. Pero en ese instante mi mente estaba saturada por la presencia del trozo de mithril. Es lo más hermoso que jamás he tenido entre mis manos. Mientras me deleitaba con el brillo de mithril Azog comenzó a hablar.
La verdad es que no le presté demasiada atención. Dijo algo sobre el poder de los Orcos del Norte, del nuevo resurgir de no se que diantres poder oscuro y –eso sí que me interesó- que él, y sólo él, tenía acceso al mithril de Moria.
Después dijo que tenía algo que proponerme. Algo que nos concernía a ambos. Me preguntó si me interesaba escuchar lo que tenía que decir.
Hablar. ¿Quién balrogs quiere hablar con un orco? No le contesté.
Calculé la trayectoria, sopesé el mithril y lancé. El trozo de plata de Moria impactó en las facciones deformes de Azog. Aulló de dolor. ¡Qué sonido tan reconfortante! Afortunadamente el mithril rebotó en su cara y cayó a la sala. Ahora es mío. Es la prueba que necesitaba para atraer a los enanos de Aglarond a las minas.

He cabreado bastante a Azog y ha lanzado a varios de sus efectivos contra mí. He estado horas resistiendo en la sala de Escritura. Cegué la ventana por la que apareció el orco y creo haber sellado todos los accesos. Aunque después de lo visto ya no se que pensar. Parece que Moria tiene muchas entradas secretas que comunican unas salas con otras. Debo ser precavido.

En el asalto ha caído otro soldado de Azog. Uno lo suficientemente descerebrado como para meter la cabeza por el hueco de la ventana cuando yo estaba tapándola. Lo peor de todo es que, tras segársela de un hachazo, la cabeza se ha quedado dentro y no podré sacarla hasta que los túneles sean seguros. Apesta. Creo que jamás podré quitarme el olor a orco de encima.

Ahora tengo que preparar el mithril para que Tharkûn lo lleve a Aglarond. Es un trozo grande y pesa demasiado. Me llevará días –con las escasas herramientas de las que dispongo- dividirlo.
Uno de los pedazos será para forjar un anillo para mi madre. Otro, el más importante, hará que en Khazad-dûm resuenen de nuevo centenares de pesadas botas enanas.

sábado 5 de mayo de 2007

Cambios y novedades

Ha sido más fácil de lo que yo recordaba. Parece ser que a medida que pasan los años en esta Arda que mi Señor Melkor tan gloriosamente moldeó el poder de los hildor y los golug mengua, aunque de los primeros cada vez haya más número. Pero esto no es nada preocupante, sino más bien al contrario. Hacía ya bastante tiempo que los muchachos no tenían la panza tan llena. Hay que reconocer que no hay nada como pescar con un buen cebo. Y un paticorto hijo de Aulë es uno, y de muy buena calidad...

- Comandante - la voz rasgada de Yazorg interrumpió el soliloquio. El recién llegado siguió hablando tras recibir la autorización - la última batida arroja un resultado de cuatro docenas de snaga aniquilados en las simas del noroeste. Los infectos están reagrupándose cerca del vigesimo tercer nivel, aunque sus fuerzas menguan cada día que pasa. El aviso al Capitán Mezog en las guardas de Mithrim ha reducido las incursiones drásticamente, para desgracia del Olog que vos gustais conservar como mascota - una imperceptible mueca sarcástica se dibujó por un instante en el semblante impertérrito del soldado mientras decía esto último.

- Habrá que recompensar a Mezog - el gesto del Comandante no varió ni un ápice mientras recibía y asimilaba toda la informacion. - Asegúrate de que los muchachos de las galerías inferiores también reciben parte del botín. No quiero prescindir de más soldados, de momento.

- ¡Si mi Comandante! - clamó Yazorg mientras se cuadraba. - respecto al otro asunto, todo está dispuesto - y mientras decía esto entregó un objeto tapado con un trapo sucio a su comandante, que lo tomó sonriendo.

- Conforme Yazorg, veo que no olvidas las obligaciones de tu nuevo cargo - se carcajeó el orco al ver la cara de sorpresa del soldado, por primera vez rota la mueca impasible. - Dagal cayó en la emboscada a los hildor, así que desde este momento tú eres el nuevo sargento de asalto.

El orco llamado Yazorg se postró ante su Comandante, y este, molesto con el gesto de su subordinado, lo levantó de un fuerte empellón. -¡basta patán! ¡ve a apostarte donde quedamos, en breve comenzará el operativo y no quiero fallos!

Yazorg salió a toda prisa de la estancia mientras pensaba que la suerte no podía favorecerle más en ese día. Estaba cerca ya de iniciarse en los secretos de los Oficiales, lo presentía. Así que no lo dudó y apostó a sus hombres donde días antes lo habían estudiado Dagal y él.

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Ese sonido otra vez... más grave que un cuerno de los hombres, probablemente de una bestia de mayor tamaño. Llevan así más de seis horas, es imposible descansar con tanto alboroto. A saber que están celebrando estos engendros.

En la Sala de Escritura el enano cree estar a salvo, las puertas atrancadas, las armas prestas... de pronto ruidos en la sala contígua. Blasfemias, gritos, batir de metal contra losa... ¡la tumba de Balin! El enano considera la situación, pero la rabia lo domina, no puede dejar que los inmundos vejen el reposo de su predecesor. Armado hasta los dientes y con mucha precaución, abre la puerta... ¡y donde antes se oía jaleo ahora no hay nada! poco a poco se adentra en la sala, mira por encima y cuando va a volver a su refugio, la puerta por la que ha entrado se cierra de golpe.

En tensión, alerta, intenta abrirla sin resultado. Una idea pasa ráuda por su cabeza y se lanza hacia la otra puerta, que logra abrir en el momento justo de ver como una figura grotesca huye por el corredor. El enano se lanza tras ella hasta llegar a una sala algo mayor, con tres bocas de salida hacia otros tantos niveles. El enano frena en seco. En dos de ellas hay piqueros orcos en posición de espera. El enano se maldice y prepara su defensa, pero le desconcierta que los orcos no ataquen. Paso a paso entra en la sala con la espalda pegada a la pared y la idea de ganar la salida libre. Por el túnel que ha entrado se ven asomar más picas orcas, y lentamente los piqueros de las otras entradas avanzan con intención de envolverle. Sólo queda la opción de correr hacia la salida, aunque algo le dice al enano que se está metiendo en una emboscada.

Veloz aunque cargado con sus armas el enano avanza hacia una luz en el fondo de la galería. Tras él oye el lento paso de los piqueros. Podría volver y arramblar contra ellos, pero calcula que ahora mismo dentro del túnel deben haber más de quince. No ha visto a Azog pero si le pareció ver a otro orco horrendo haciendo las veces de jefe. ¿Cúantos engendros de estos habrán en las minas? la claridad cada vez es mayor y cuando llega al fondo el enano descubre una sala con una ventana abierta al infinito, por donde se cuelan los primeros rayos de sol. Al menos sabe que los piqueros no avanzarán más. Explora la sala y descubre una puerta desvencijada. El herraje está oxidado pero, para su sorpresa, abre a la primera sin ningún quejido. Más allá un pasaje se adentra en la oscuridad, un pasaje burdamente tallado que no puede haber sido obra de su pueblo. Al fondo, una pared. ¿Atrapado? francamente, cree que no. Parece todo demasiado rebuscado como para morir allí. Nada se oye a sus espaldas, ni un ruido. El enano tantea la pared hasta que encuentra lo que busca; una especie de picaporte que acciona con una leve presión. la pared bascula sobre su eje y la luz entra a raudales en el pasaje.

El enano no lo puede creer. La pared que acaba de abrir es en realidad uno de los anaqueles de la sala de Escritura. Asombrado a la vez que aterrado por la cantidad de información que le falta por aprender de su querida Moria, revisa las puertas y comprueba que nada falta de sus pertenencias. Tras falcar el anaquel de forma que no se pueda volver a abrir desde el pasaje, le llama la atención un objeto tapado con un trapo sucio que descansa sobre uno de los escritorios laterales. No recordaba haber dejado nada ahí. Se acerca con cautela ya que no le gusta nada el cariz que toman los acontecimientos. Los últimos regalos de los orcos no han sido precisamente agradables. Levanta con sumo cuidado el trapo y se queda extasiado contemplando el bloque de mineral que refulge ante sus ojos. La palabra no sale de su boca pero sin embargo resuena en toda la sala.

- ¡¡Mithril!!

Como un wargo herido el enano se gira hacia la voz. Arriba, en una ventana abierta sobre la galería superior que el enano suponía un agujero de ventilación, Azog el Orco, Comandante De Todos Los Orcos del Norte, le contemplaba sonriendo. O al menos esa es la sensación que le produjo al enano.

- Es hora ya de que vos y yo tengamos una pequeña charla, ¿no os parece maese Mellon? -

jueves 3 de mayo de 2007

Carnicería en los túneles

Mahal bendito. Ha sido una matanza. Algún espíritu de mis antepasados debe velar por mí, pues he salido casi ileso.
Los hombres entraron en Moria haciendo tanto ruido como un olifante cargando en batalla. Incluso Balin debió de revolverse en su tumba ante tanto alboroto.
Les advertí. Grité desde lo alto de uno de los puentes. Ellos estaban debajo, rebuscando entre huesos, recolectando yelmos y hachas. Riendo por el botín y llamándose a voces cada vez que localizaban algo no demasiado herrumbroso.
Les dije que debían irse. Volví a mencionar la presencia de orcos en las minas. Respondieron ultrajando el honor de mi madre. Dos de ellos dejaron el saqueo y buscaron un camino para llegar adonde yo estaba.
Azog apareció en la boca de un túnel. Estaba solo y llevaba un látigo en la mano. Los que iban a por mí, que habían subido un trecho, le vieron y avisaron a los otros.

- ¡Un orco! –gritaron.

Pensé que saldrían de la minas. Pensé que iban a huir y no volverían a pisar Moria. Me equivoqué.

- Matemos al orco –dijo uno-. Nos pagarán mucho por su cabeza disecada.
- ¡Y las garras! –apuntilló otro-. Las venderemos para hacer colgantes.

Y los cuatro, espada en mano, fueron hacia la boca del túnel.
Estúpidos hombres.
Azog restalló el látigo contra el suelo y se apartó de la entrada. Temí lo peor y grité de nuevo a los saqueadores. Aún estaban a tiempo de retroceder. Ni siquiera se volvieron a mirarme.
El troll que yo creía muerto apareció por la boca del túnel. Tenía la herida de mi hacha cubierta de una oscura sustancia que parecía pus. Localizó a los hombres -que estaban paralizados de terror-, bramó y cargó.
Los saqueadores no eran pipiolos en el arte de la guerra. Sabían luchar. Fueron prácticos y ejecutaron el “divide y vencerás”. Se separaron y dejaron al bruto que escogiese. El troll fue a por el que tenía más a mano. Los otros tres le rodearon y comenzaron a hostigarle por la espalda mientras su compañero caía al suelo a causa de la embestida del troll. Se defendió unos momentos, pinchando con la punta de la espada las zarpas que querían agarrarle. No tardó en morir aplastado contra el suelo. Sus compañeros mancharon sus espadas en varias ocasiones y le produjeron al troll cortes profundos en muslos y nalgas. Cuando se volvió a ellos, cansado de estampar contra la roca el cuerpo inerte con el que se cebaba, los saqueadores buscaron salidas para huir de allí.
Por las cuatro bocas de los túneles que rodeaban la sala surgieron orcos armados con picas de hierro. Tres por cada arcada. No atacaron. Hincaron rodilla en tierra y cerraron los pasos a punta de lanza. Azog quería que el troll acabase lo que había comenzado. Parece ser que se estaba divirtiendo.
Uno de los hombres, desesperado, corrió hasta la posición de Azog perseguido por el troll. Los piqueros que había tras él cubrieron a su capitán y ensartaron al desgraciado en los hierros.
La única posibilidad para los dos que quedaban era subir hasta donde yo estaba. Era un lugar alto y parapetado, con salida hacia los pasadizos superiores. Les llamé. Esta vez sí que me hicieron caso. Comenzaron a trepar por las rocas y llegaron a una repisa a media altura a escasos dos metros de mí. Les alcancé el mango del hacha y uno de ellos consiguió subir. El otro no tuvo tanta suerte. Dos picas volaron desde uno de los túneles. Una chispeó contra la roca, la otra encontró la parte blanda del estómago del saqueador. Antes de caer fulminado al suelo, llegó el troll y terminó la faena. Le cogió por la pica que tenía clavada y lo decapitó a bocados.
Varias picas más fueron lanzadas hasta nuestra posición. Agachados logramos buscar cobijo en los pasadizos.
Cuando pensaba que todo había terminado, encontramos dos orcos cerrando el paso. Azog había sido previsor y los envió a cortarme la salida. Detrás nuestro ya se escuchaban los gruñidos de los piqueros que subían.
Dije al hombre que atacase conmigo. Un orco para cada uno. Debíamos hacerlo rápido, o nos darían caza los de atrás. Pero el saqueador estaba ido, con la mirada perdida, respirando con dificultad. No esperé y ataqué con el hacha. Acerté en la pierna de uno de ellos –que cayó herido- y me revolví contra el otro. La cimitarra me tocó en la cota de malla y recibí un guantazo que me hizo tambalear. Entonces reaccionó el saqueador y arremetió contra mi contrincante. Yo rematé al herido, que intentaba levantarse, y fui junto al hombre a tumbar al orco. Entre espada y hacha lo abatimos, pero ya teníamos casi encima a los piqueros. El saqueador se volvió a ellos y les plantó cara. Grité para que me siguiese. No hizo caso. Se enfrentó a las picas.
Escuché sus alaridos de dolor cuando corría por los túneles buscando refugio. No quiero pensar en lo que hicieron con él.

He hecho recuento. Aparte del troll herido, Azog cuenta con unos doce orcos. Al menos esos son los que cubrían con picas las salidas. Aparte de las molestas Comadrejas, que imagino, estarán al acecho de recoger los restos que queden de los saqueadores.
Son demasiados bichos para un solo enano.