Encontré hombres a caballo en un sendero cerca de la entrada oeste de Moria. Fue el cuervo el que me avisó de su presencia.
Había salido con Tharkûn a cazar algo y respirar un poco de aire limpio. Es buena época para la caza. La tierra está cuajada de colores frescos que anuncian la llegada de la primavera y las piezas salen de sus madrigueras para aplacar el hambre del invierno.
Los hombres, cuatro en total, eran fornidos y de rasgos sombríos. Ojos oscuros y espadas brillantes. Barbas pobladas y moteadas de polvo de los caminos. No dudé en saber que eran saqueadores de minas abandonadas. Gente de mala reputación entre los enanos, ya que no respetan ni las tumbas con tal de conseguir unas cuantas alhajas.
Dejé el hacha de doble filo entre la hojarasca y me cubrí la cota de malla y el hacha corta con la capa. Presentarse ante un desconocido con las armas prestas es señal de no ir con buenas intenciones. Me dejé ver y esperé su llegada en medio del camino.
Me tomaron por un pordiosero. Así debe ser mi estampa para que me confundan con un vulgar mendigo. Me despacharon y dijeron que fuese a molestar a otro sitio. Para recalcar sus palabras echaron mano de los pomos de las espadas a modo de advertencia. Lo dicho, gente de dudosa reputación y perores modales.
Si digo que tal actitud no me molestó, mentiría. La sangre me hervía en las venas. No dije nada y volví sobre mis pasos en busca del hacha larga. Me deshice de la capa y regresé al sendero.
Habían bajado de los caballos y estudiaban algo parecido a un mapa. Me planté ante ellos y les pregunté quienes eran y qué hacían por allí. Contestaron, tras desenfundar armas, que eso no era de mi incumbencia. Aliñaron la respuesta con improperios como paticorto y retaco barbudo.
Me comí mi orgullo e intenté razonar con ellos. Más que nada por sus cuatro espadas. Tampoco era cuestión de acabar trinchado por batir mi honor en campo abierto.
- Estos territorios son del señor enano Mellon Gabilul –dije- y no se puede pasar sin su permiso. Además –continué- el sendero no tiene salida. Acaba un poco más arriba en una pared de roca inexpugnable. Si quieren ustedes, nobles señores, puedo indicarles otro camino para que sigan su marcha.
- Este camino –replicó uno de ellos- va a las minas de Moria. Que es al lugar que nos dirigimos. Y pasaremos, con o sin el permiso del señor enano Melón.
- Mellon –le rectifiqué con rabia-, el señor enano Mellon. En Moria no hay nada para ustedes –mascullé- . Sólo orcos y comadrejas.
- Vaya –contestó otro de ellos-, el enano quiere quedarse con todo el botín.
- Ya no hay orcos, enano, así que no mientas. Y que sepas que las comadrejas son nuestro plato preferido –dijo un tercero sonriendo despectivamente.
- Desaparece o te colgaremos de la barba a un árbol –comentó el cuarto.
No aguanté más. Lancé al hacha corta contra uno de los caballos. Fue a parar contra uno de los cuartos traseros. Le abrió una profunda brecha. El penco alzó manos y relinchó de dolor. Desbocado y sangrando en abundancia arremetió contra los hombres. Los otros tres caballos se asustaron y galoparon cada uno en una dirección distinta.
- No entréis en Moria, malditos idiotas, es peligroso- les grité.
Corrí a refugiarme en las minas. Uno de los hombres me persiguió durante un trecho. Pronto volvió para ayudar a sus compañeros a recuperar los caballos y su carga.
Han entrado. No hace mucho que he escuchado relinchos en la puerta. Las voces de los hombres resuenan por toda Moria. Pronto el eco llegará a los niveles inferiores.
Estúpidos hombres. Debo prepararme. Necesitarán ayuda –aunque no la merezcan- si quieren salir vivos de aquí.





