viernes 27 de abril de 2007

Saqueadores

Encontré hombres a caballo en un sendero cerca de la entrada oeste de Moria. Fue el cuervo el que me avisó de su presencia.
Había salido con Tharkûn a cazar algo y respirar un poco de aire limpio. Es buena época para la caza. La tierra está cuajada de colores frescos que anuncian la llegada de la primavera y las piezas salen de sus madrigueras para aplacar el hambre del invierno.
Los hombres, cuatro en total, eran fornidos y de rasgos sombríos. Ojos oscuros y espadas brillantes. Barbas pobladas y moteadas de polvo de los caminos. No dudé en saber que eran saqueadores de minas abandonadas. Gente de mala reputación entre los enanos, ya que no respetan ni las tumbas con tal de conseguir unas cuantas alhajas.
Dejé el hacha de doble filo entre la hojarasca y me cubrí la cota de malla y el hacha corta con la capa. Presentarse ante un desconocido con las armas prestas es señal de no ir con buenas intenciones. Me dejé ver y esperé su llegada en medio del camino.
Me tomaron por un pordiosero. Así debe ser mi estampa para que me confundan con un vulgar mendigo. Me despacharon y dijeron que fuese a molestar a otro sitio. Para recalcar sus palabras echaron mano de los pomos de las espadas a modo de advertencia. Lo dicho, gente de dudosa reputación y perores modales.
Si digo que tal actitud no me molestó, mentiría. La sangre me hervía en las venas. No dije nada y volví sobre mis pasos en busca del hacha larga. Me deshice de la capa y regresé al sendero.
Habían bajado de los caballos y estudiaban algo parecido a un mapa. Me planté ante ellos y les pregunté quienes eran y qué hacían por allí. Contestaron, tras desenfundar armas, que eso no era de mi incumbencia. Aliñaron la respuesta con improperios como paticorto y retaco barbudo.
Me comí mi orgullo e intenté razonar con ellos. Más que nada por sus cuatro espadas. Tampoco era cuestión de acabar trinchado por batir mi honor en campo abierto.

- Estos territorios son del señor enano Mellon Gabilul –dije- y no se puede pasar sin su permiso. Además –continué- el sendero no tiene salida. Acaba un poco más arriba en una pared de roca inexpugnable. Si quieren ustedes, nobles señores, puedo indicarles otro camino para que sigan su marcha.
- Este camino –replicó uno de ellos- va a las minas de Moria. Que es al lugar que nos dirigimos. Y pasaremos, con o sin el permiso del señor enano Melón.
- Mellon –le rectifiqué con rabia-, el señor enano Mellon. En Moria no hay nada para ustedes –mascullé- . Sólo orcos y comadrejas.
- Vaya –contestó otro de ellos-, el enano quiere quedarse con todo el botín.
- Ya no hay orcos, enano, así que no mientas. Y que sepas que las comadrejas son nuestro plato preferido –dijo un tercero sonriendo despectivamente.
- Desaparece o te colgaremos de la barba a un árbol –comentó el cuarto.

No aguanté más. Lancé al hacha corta contra uno de los caballos. Fue a parar contra uno de los cuartos traseros. Le abrió una profunda brecha. El penco alzó manos y relinchó de dolor. Desbocado y sangrando en abundancia arremetió contra los hombres. Los otros tres caballos se asustaron y galoparon cada uno en una dirección distinta.

- No entréis en Moria, malditos idiotas, es peligroso- les grité.

Corrí a refugiarme en las minas. Uno de los hombres me persiguió durante un trecho. Pronto volvió para ayudar a sus compañeros a recuperar los caballos y su carga.

Han entrado. No hace mucho que he escuchado relinchos en la puerta. Las voces de los hombres resuenan por toda Moria. Pronto el eco llegará a los niveles inferiores.
Estúpidos hombres. Debo prepararme. Necesitarán ayuda –aunque no la merezcan- si quieren salir vivos de aquí.

miércoles 25 de abril de 2007

Comadrejas

Los pequeños engendros peludos, a los que llamo las Comadrejas, han birlado la cabeza del orco. Pillé a dos de ellos descolgándola del soporte del pasillo. Después de desclavarla se pelearon por ver quién le hincaba primero el diente. Al verme, salieron corriendo; uno con la cabeza orca agarrada en la mano y el otro tras él, sin quitarle ojo de encima a la testa reseca. Tienen hambre los condenados.
Hay veces que casi me dan pena. Otras siento por ellos una profunda repugnancia. En este caso, cuando alcancé a uno de los dos ladrones de la cabeza del orco, actué de forma misericordiosa y puse fin a sus calamidades a golpe de hacha.
Dejé el cuerpo de la comadreja tintando de sangre el piso pétreo de Moria y me escondí a la espera de que otros llegasen a devorarlo. Así podría segar la vida de alguno más de ellos, en el caso de que no arribasen muchos al festín. Tampoco hay que tentar a la suerte y, como escribió mi madre, debo ser prudente. O al menos intentarlo.
No mucho después llegó media docena, así que opté por seguir escondido y no atacar. Me quedé mirando a la espera de ver que ocurría. Quizás se despedazasen entre ellos por conseguir un bocado de carne muerta. Pero no. Uno de ellos, hembra, se agachó sobre el cadáver y le acarició suavemente el pelo del rostro. Después, entre todos, lo alzaron y se lo llevaron por los túneles. Intrigado los seguí.
Bajaron varios niveles y a punto estuve de retroceder; me estaba alejando excesivamente de mis dominios. Pero pudo más la curiosidad que la prudencia.
Llegaron al final de un túnel en el que había una puerta. Empujaron el pesado portón y entraron con el cadáver a hombros. Entraron en una sala amplia que desprendía olor a muerte. Me quedé junto al quicio de la entrada, espalda contra la roca, con el hacha preparada para cualquier imprevisto.
Las Comadrejas levantaron una losa del suelo y el hedor pútrido se hizo insoportable. Lanzaron el cuerpo al foso y colocaron de nuevo la losa. Comprendí que esa sala era su cementerio. Me sorprendió que no se comiesen a sus muertos y tuviesen la decencia de enterrar a los suyos.
Con lo que no conté fue en mi retirada. Para cuando quise darme cuenta iban a abandonar la sala y yo tenía un largo trecho de túnel por el que ascender antes de encontrar otro recodo en el que ocultarme. Así que metí medio cuerpo en la estancia, agarré la argolla del portón, cerré con fuerza y atranqué el cerrojo con el mango del hacha corta que llevaba colgada del cinturón. Eché a correr túnel arriba. Mientras corría escuché como gritaban y golpeaban la vieja madera de la entrada.

Imagino que otros de los suyos los habrán liberado. De no ser así, seguro que el hambre no les hace respetar ni a los muertos.

martes 24 de abril de 2007

Uno menos

El orco que he matado hoy estaba bien alimentado y era fuerte, y se movía por los túneles con precaución. Parece ser que no llevaba mucho tiempo aquí. Creo que están entrando a Moria por alguna puerta que desconozco.
Tharkûn, en una de sus idas y venidas al exterior, lo vio merodeando cerca de la sala de escritura y me avisó. Salí de la sala armado con hacha y una tea encendida.
Pronto lo localicé. Estaba solo. En un principio creí que era Azog. Pero no. El Infame –así he bautizado a Azog- se esconde en los niveles inferiores desde hace días.
Me atacó con su cimitarra nada más verme. Vino hacia mí trotando, con la boca muy abierta y enseñándome la lengua. Estúpido orco. Cuando estuvo cerca, aproveche para meterle la tea encendida hasta el garganchón. Luego le partí el pecho con el hacha.
Le he cortado la cabeza y la he clavado en una de los soportes de antorcha del pasillo. Que sepan, el Infame y los suyos, que este nivel es territorio de Mellon Gabilul. El cuerpo lo he tirado por uno de los pozos para que se pudra en las estancias de Azog.

He tenido que reprender al cuervo. Ha estado picoteando los ojos y la lengua de la cabeza del orco. Ahora no me habla. Se ha enfadado conmigo. Le he dicho que si quiere comida que salga a buscarla al exterior. Todo lo que hay en Moria está putrefacto.
Añoro un buen baño y unas cuantas pintas de cerveza.

lunes 23 de abril de 2007

El ataque troll

El troll llegó bramando por los túneles. Nunca había escuchado los alaridos de un troll cuando entra en batalla. Realmente son espeluznantes, más aún después de haberlo visto como un ser sumiso y bobalicón ante Azog.
Mantuve mi posición agazapado en un recodo, enfundado en hierro y hacha presta en mano. Afortunadamente, tal y como había previsto, el troll paró en seco ante la puerta abierta y se quedó plantado ante ella con mirada de incomprensión. No dudé y me lancé a atacar los tendones del talón del coloso. El troll debió de oír el tintineo de mi cota de malla al avanzar hacia él porque se volvió y me plantó cara. No me quedaron más opciones que presentar batalla en un ataque frontal o huir por los pasadizos y dejar que el troll destrozase la sala de escritura. Dando todo por perdido tensé brazos, agaché la cabeza y corrí en zigzag a buscar una muerte honorable en las minas de Moria.
El primer manotazo del troll me estampó contra la pared. Las anillas de la cota de malla se me clavaron en el hombro que impactó contra la roca. Me levanté lo antes que pude, pero ya tenía al troll sobre mí con los brazos alzados, bramando y dispuesto a aplastarme contra el suelo. Desesperado levanté el hacha y la descargué contra uno de sus pies. El corte que le hice sólo sirvió para enfurecerlo más aún. Me agarró del yelmo y me alzó hasta su cara. Las correas de la cazoleta atadas a la barbilla me cortaron la respiración. En un último intento por sobrevivir, ataqué con el hacha que aún asía en la mano y se la clavé en la cabeza; aunque no lo suficiente para matarle. Los trolls son de dura mollera. Se deshizo del hacha de un golpe de mano y la herida comenzó a sangrarle a borbotones. Henchido de ira me lanzó contra el suelo y levantó la zanca para pisarme.
Entonces surgieron de la oscuridad de los túneles una docena de los mismos seres que el día anterior devoraba el troll. Corrían agachados, apoyándose con las manos en el suelo. Eran menudos y todo su cuerpo estaba cubierto de pelo. Distinguí, desnudos como iban, machos y hembras entre ellos. Desarmados se lanzaron contra el troll agarrándose a él y mordiéndole allá dónde podían. Dos de ellos se echaron sobre mí. Mordían y arañaban y di gracias a Mahal por la cota de malla de anillos gruesos de hierro. Me libré de los engendros a puñetazos –olvidando el dolor de los golpes del troll-, y cuando conseguí sacar la daga del cinturón, los destripé sin piedad. Entretanto, el troll zarandeaba a aquellos que cazaba y los partía a golpe de mandíbula, llenándose la boca con sus restos. Los que quedaron huyeron por los túneles y el troll fue tras ellos dejando un reguero de sangre que provenía de su herida en la cabeza y de los cuerpos deshechos que mascaba.
Renqueando alcancé la sala de escritura. Antes de cerrar el portón pude ver a varios orcos avanzar en formación cerrada por el pasillo, armados con picas, tras el troll.
Supongo que le habrán dado matarile, ya que un troll herido y rabioso no respeta órdenes ni látigos.

Azog, el muy infame, no está solo. Tiene esbirros armados a su cargo. Aunque, por lo visto, los engendros peludos no están con él; van a su libre albedrío. Imagino que odian a los orcos por haberlos convertido en lo que son, y al troll por servirles de pitanza. Yo, por lo visto, estoy en medio de tales reyertas, y con la desesperanza de saber que va a ser casi imposible conseguir un mísero trozo de mithril en este hervidero de abominables seres.
Por mis barbas y las de mi padre que, o limpio Moria de tanta ponzoña, o mis huesos acaban de mondadientes para alguno de estos engendros.
Ahora debo curar mis heridas –y quitarme la cota de malla cosida a la espalda- y avisar al cuervo para decirle que, de momento, sigo con vida.

viernes 20 de abril de 2007

Preparando la defensa

He pasado la noche en vela estudiando legajos en busca de tratados sobre trolls. Encontré uno de un tal Mormatur –no hace referencia el documento a si el autor es enano o no- que habla de diversas técnicas para combatirlos. Una de ellas, denominada trampa de sol, es ingeniosa. Se trata de un cebo dentro de un rompecabezas para que el troll se entretenga hasta el amanecer. Eso no me vale en la perpetua penumbra de Moria. También dice como atacar a los tendones del talón para derribarlo. Eso me convence más, pero en el tratado es un individuo –supongo que hombre o elfo por lo que dice- el que debe cortar los tendones mientras otros dos a caballo lo hostigan con lanzas.
La situación es complicada para mí, solo como estoy.

Mientras buscaba algo sobre trolls también hallé referencias –pocas y difusas- sobre los engendros que había visto –escena que jamás olvidaré- devorar al troll. Eran fruto de uniones no consentidas entre trasgos y mujeres de la raza de los hombres, e incluso mujeres hobbits. Por lo visto un grupo de ellos se ha cobijado en Moria. Lo que aún desconozco es si el troll, y seguramente Azog, han acabado con todos ellos. Creí estar solo en Khazad-dûm al llegar. Ahora veo que pululan por los túneles criaturas que hasta hoy sólo había conocido a través de los cuentos y leyendas que me relataba mi madre.

He decidido enfrentarme al troll. A punto he estado de abandonar la sala de escritura y buscar refugio en uno de los niveles superiores. Pero no, no lo haré. Voy a dejar las puertas abiertas de par en par. Espero que esto desconcierte al troll que, se supone, viene a derribarlas. Puede que eso me de unos segundos de ventaja y consiga segarle los tendones. Esperaré fuera de la sala de escritura, escondido en el pasillo.
He mandado a Tharkûn fuera de las minas. Le he dicho que si no sabe de mí al pasar dos días, regrese a Aglarond y de a mis padres la noticia de mi muerte.
Ahora sólo me queda afilar las hachas, esperar al troll y pedir a Mahal que el brazo no me falle y el corazón no se amedrente en la batalla.

miércoles 18 de abril de 2007

Limpieza y exterminio.

La noticia de la llegada del enano había corrido como el vino en una posada por todas las cuevas, antros, covachas, simas, túneles y guaridas de las Montañas Nubladas. En otros tiempos, tiempos de gloria para nuestra raza se podría haber reunido en unos pocos días un gran ejército de valiosos soldados. En otros tiempos...

Ahora ya quedan muy pocos uruk, la especie había perdido casi todo el poco brillo que llegara a tener con el impertinente Sauron, bien muerto esté allá donde cayera. Y del clan de los Minagh se podía contar con los dedos de la mano de un olog los guerreros que quedábamos. Cada uno repartido y lejos de los otros, gobernando desde la sombra y escondidos, quizá esperando el momento oportuno.

Los snaga campan a sus anchas, vienen, van, secuestran pálidas y las someten a vejaciones que, en tiempos me hubiesen deleitado. Roban, saquean, son sigilosos y muchas veces salen victoriosos de sus algaradas. Bastantes caen a manos de los hildor, pero es lo mismo. Su ritmo de reproducción es más elevado. Y eso está bien, hasta para mi.

Yo he tenido suerte. Si se puede ver así. Pocas criaturas hay en Arda que sean más longevas que yo. Y a veces me pregunto si merece la pena. Pero la respuesta casi siempre es si, merece la pena despertar al nuevo día y ver lo que Melkor ha dispuesto desde su infinito confinamiento. ¡Ja, ja, ja!

Ruidos en la sexta galería. ¡Sha!¡pushdug snaga! ¡estúpidos! cada tres días lo mismo, siempre la misma canción desde que el bastardo barbudo llegara. Aunque mejor es que no aprendan que las minas tienen más de una entrada. Eso no sería bueno, no sería bueno para Azog.

El ruido de la cimitarra al abandonar su guarda puso en alerta a los soldados que, distraidos, roían algunos huesos ya mondos. Con sigilo siguieron al Comandante hasta la sexta.

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Cuando el enano pasó cerca de la entrada, raudo en dirección a su refugio no pudo por menos que detenerse ante el hedor que emanaba de una sala, situada cerca del Salón de las Hojas. Con cautela, asomó la punta de su barba y pudo comprobar que la fetidez la exhalaban varios cádaveres, destripados, despanzurrados, decapitados... quizá habrían unas dos docenas de esos seres. Pequeños, peludos, con las fauces medio abiertas y las extremidades grotescamente largas en relación a su cuerpo. Se tapó la boca con un pañuelo y, retrocediendo con cuidado, se alejó descompuesto. Acababa de ver al troll, al mismo troll que Azog quería enviar contra él, devorando a un engendro, quizá un maléfico cruce entre orco y mujer. Rápido, tan rápido como pudo, llegó a la Sala de Escritura y comenzó a pensar en como sobrevivir.

El troll

Esta tarde, fortuitamente, escuché el rumor de voces en los túneles y fui a investigar. El murmullo me llevó a una terraza de piedra que da sobre una cámara amplia que en su día debió ser centro de reunión de los enanos de Moria. Abajo estaba Azog sentado en una repisa y junto a él un descomunal troll de mirada estúpida que no cesaba de hurgarse la nariz y sorber mocos. A punto estuve de dar un grito al ver al troll, pero pude contenerme y escuchar, agazapado como un conejo, lo que decían.
Azog llevaba la voz cantante en la conversación –me hubiese sorprendido de no haber sido así- y el troll contestaba, entre sorbido y sorbido nasal, con simples monosílabos o palabras balbuceantes. El orco llevaba en la mano un látigo que el troll miraba con temor.
Cuando llegué el troll preguntaba a Azog. Esto es más o menos lo que escuché.

-¿Comida? –dijo el troll- Graw quiere comida.
- Vamos, vamos, mi gatito –contestó el orco-, ya comiste poney la semana pasada. Ahora debes ganarte la pitanza. O de lo contrario… -Azog hizo restallar el látigo contra el suelo y el troll se encogió.
- Látigo no, amo. Graw hacer lo que digas –dijo el troll tocándose el antebrazo, recordando quizás, anteriores castigos.
- Bien, bien, pequeño –dijo Azog levantándose de un salto-. Tenemos un ratoncito en Moria al que quiero molestar un poco. Bueno, en realidad quiero aplastarlo, retorcerlo, empalarlo, cocerlo vivo y pelarle la barba.
- Graw aplastar ratoncito, amo –contestó entusiasmado el troll.
- No, no me entiendes, bobo. Yo quiero aplastarlo y todo lo demás, pero eso será más adelante. De ti, mi querido engendro de caverna, sólo espero que vayas donde yo te diga y arranques unas cuantas puertas, pises, destroces y te lleves por delante todo lo que veas. Deja que el ratoncito salga huyendo por los túneles.
- ¿No aplastar ratoncito, amo? Sólo puertas –el troll estaba visiblemente desconcertado.
- Sí, eso es. Así que ahora duerme soñando con carneros asados y ricos poneys en pepitoria. Mañana te diré dónde debes ir. ¡Será divertido!

No esperé a escuchar más. Salí de la terraza y eché a correr por los pasadizos.
Azog va a enviar a un troll para destrozar la sala de escritura.
Tengo poco tiempo para pensar qué hacer. Un troll, por estúpido que sea, es un troll. Y yo nunca me he enfrentado a uno.

lunes 16 de abril de 2007

Documentos sobre los orcos

Investigando en el archivo encontré unos documentos muy interesantes sobre los orcos. Por lo visto en Khazad-dûm había una sección de enanos dedicados a estos menesteres. Tal y como dice un dicho enano: “Si conoces a tu enemigo, sabrás dónde dirigir tu hacha”
En los documentos he podido leer cosas como estas:

“…son dados a la desobediencia y el amotinamiento. Los capitanes –escogidos cuando son jóvenes e instruidos a golpe de látigo- deben de matar a unos cuantos de ellos cuando el grupo se rebela. Esto puede ser útil en la batalla, ya que incitándoles saltarán de las filas antes de recibir la orden de atacar, provocando cuantiosas bajas en ataques desorganizados…”
“… de entre las tropas, hay que escoger varios enanos que únicamente dediquen sus hachas a los capitanes. Sin capitán las tropas orcas son lentas en reagruparse y no escogen objetivos precisos…”
“… son raros los ataques sigilosos de los orcos. Generalmente atacan precedidos de tambores y gritos de guerra. Aunque en raras ocasiones preparan emboscadas que urden sus capitanes…”
“… un orco solitario es presa fácil. Necesitan estar en grupo para actuar. Un orco que está solo huirá antes de presentar batalla, a no ser que sea capitán. Entonces venderá cara su vida…”

La lectura de estos pasajes me ha hecho plantearme preguntas sobre Azog.
Su forma de actuar no responde al típico guerrero sediento de sangre. Azog piensa –y mucho- antes de atacar. Prepara sus asaltos y realiza emboscadas. Se supone que está solo, como yo. Pero parece que tiene un plan preestablecido que sigue rigurosamente.
¿Es Azog un capitán orco?

viernes 13 de abril de 2007

Carta para Aglarond

Tharkûn ha pasado unos días amodorrado entre manuscritos de la sala de escritura. Ni siquiera se ha inmutado cuando Azog ha embestido contra la puerta en un par de ocasiones. No se si porque estaba muy cansado o porque sabe que él no es bocado suficiente para un orco.
Hoy le he preguntado si estaba dispuesto a llevar un mensaje y ha contestado con un escueto “sí”. Tal y como dijo mi madre, no es muy charlatán.
Le he dicho que lleve mañana a Aglarond la carta que ahora expongo:

Queridos padre y madre,
Khazad-dûm es más espléndida de lo que imaginé. Las salas son inmensas, decoradas con magníficos labrados de nuestros ancestros, de pórticos esbeltos y bóvedas que asemejan una noche sin luna que soportan el peso de la antigua montaña. Las escaleras suben y bajan enlazando los niveles que van desde la nieve de las terrazas hasta el fuego eterno de las entrañas de Moria. Los puentes, a pesar de estar la mayoría derruidos, forman un esqueleto de piedra que desafía el saber de nuestros mejores canteros. Sólo falta, padre y madre, que halle el preciado mithril que viene a buscar.
Yo estoy bien. Esto es muy tranquilo. Hay veces que el silencio se hace pesado y echo de menos el sonido de los yunques y los cinceles. Y un buen trago de cerveza acompañado del estofado que hace usted, madre.
Conocí aquí a un enano. Se llamaba Nurweon y pertenecía al pueblo de Mîm. Sí, se es difícil de creer, pero un grupo de ellos estuvo viviendo en Moria por un tiempo. Nurweon murió de enfermedad a los pocos días de conocerle. El resto de los suyos abandonó las minas antes de mi llegada. Aparte de él, no he visto a nadie más por aquí. Las historias sobre orcos que pudiera haber por aquí no son ciertas. De todos modos deben saber que mantengo las hachas bien afiladas, por si acaso.
No se preocupen, me las apaño bien. Salgo de vez en cuando al exterior a cazar y recoger vegetales. El resto del tiempo lo paso inspeccionando por los túneles buscando mithril.
Padre, tengo una máscara de guerra que le daré cuando pase por Aglarond. A usted, madre, le haré un anillo con el primer trozo de mithril que la montaña me ceda.
Digan en Aglarond que Mellon, hijo de Gabil, sigue vivo y reinando en soledad en Khazad-dûm. Todo aquel que quiera venir será bien recibido. Hacen falta brazos fuertes para revivir Moria.
El que siempre les quiere,
Mellon.

He leído esta carta decenas de veces y muchas de ellas he estado tentado a cambiarla. Me siento mal por no contar lo que aquí en realidad ocurre. Pero no puedo.
Estoy cansado, siempre alerta ante cualquier ruido extraño, casi no duermo, y cuando lo hago, sueño con la veta de mithril de la cámara del orco. Camino enfundado en hierro por los pasadizos, inspeccionando cada recodo antes de avanzar, en una incesante cacería en la que no sabes si eres el cazador o la pieza. Azog me acecha sin descanso, y sigo dudando de que esté solo.
Los compañeros de Nurweon perecieron por quedarse aquí y él descansa ahora junto a la tumba de Balin. Lo que queda del mediano está bajo un túmulo no mayor que la palma de mi mano.
No, no puedo contar esto a nadie, o nadie querrá venir.

jueves 12 de abril de 2007

Carta desde casa


(Dibujo de John Howe año 2002)

Escuché la voz procedente de la Puerta del Lago del Espejo cuando hacía mi ronda por los túneles. La voz, rasgada, repetía una y otra vez “Mellon, Mellon Gabilul, Mellon…”
Precavido, afiancé el hacha en la mano y avancé con cautela arrimada la espalda a las paredes de roca.
Junto a la entrada había un cuervo posado en el suelo que se atusaba las plumas con parsimonia. Al verme alzó el pico y preguntó,
- ¿Eres tú Gabilul?
Reconocí en él a uno de los descendientes de los grandes cuervos de Erebor. Me presenté formalmente –tal y como manda el protocolo- y le pregunté para qué me buscaba. El cuervo me mostró el estuche que llevaba anudado a una de las patas y dijo que era una carta para mí.
Lloré como un mocoso de 30 años cuando reconocí la letra de mi madre. Esto es lo que está escrito en la carta que ahora guardo como un tesoro en mi cámara:

Querido hijo,
Sabes que nunca impedí tu marcha, a pesar de que mi corazón lloraba y se rompía. Tu padre lo pasó muy mal, pero está muy orgulloso de ti. Dice a todos que su hijo es el nuevo Rey bajo la Montaña. Sufrió cuando su padre Gimli escogió el camino de los elfos y tú fuiste –siendo tan sólo un retoño recién nacido- un alivio para él en esos momentos tan difíciles. No soportaría perderte. Ni yo tampoco.
Ambos queremos que vuelvas, lo sabes, pero no te lo pediremos. Conocemos lo que Moria significa para ti, y sabemos que si hallas mithril regresarás a casa a reclutar enanos para morar las minas. Pero tememos por ti. El mundo dio un giro cuando el Único desapareció, pero aún quedan poderes ocultos más antiguos que las montañas. Ten cuidado, hijo mío, no vayas más lejos de lo que tu prudencia te lo permita. Aunque, conociéndote como te conozco, intuyo que te costará hacer lo que te digo.
El cuervo que te envío te servirá para ponerte en contacto con nosotros de vez en cuando. Peca de ser algo parco en palabras, pero es joven y fuerte. Se llama Tharkûn. Cuídalo y te será fiel.
Déjale descansar unos días y envíalo de vuelta con noticias tuyas. A pesar de que en Aglarond casi nadie cree que sigas vivo, tu padre y yo sabemos que no es así.
Cuídate, Mellon.
La que siempre te quiere, tu madre Durinda.

P.S. Tu padre dice que afiles las hachas tal y como él te enseñó.

Tharkûn ha entrado conmigo a Moria. Ahora duerme sobre una de las estanterías de la cámara. Dentro de unos días lo mandaré a Aglarond con noticias para mis padres.
Les contaré que estoy bien y el encuentro que tuve con Nurweon. Del mithril no diré nada de momento. No hasta que lo tenga en mis manos.

miércoles 11 de abril de 2007

Desesperación

Aciago ha sido el día de hoy.
Dejé a Merry en la cámara de escritura –estúpido de mi- armado con una daga y la puerta atrancada. Bajé a la cámara del orco en busca de la veta de mithril. La avaricia pudo más que la prudencia. Encontré la cámara sellada, cerrada, inaccesible. El maldito orco cegó la entrada con bloques de sillería. Por eso llevaba días sin saber de él. Se había dedicado a tal menester sabiendo que yo iba a bajar tarde o temprano. Iba a llevarme horas desbloquear el acceso, y no disponía de ese tiempo. No podía dejar solo a Merry con el orco rondando por Khazad-dûm. Y tal obviedad, Azog la sabía.
Mellé con rabia el hacha contra las piedras y eché a correr hacia los niveles superiores.
Arribé a la sala de escritura sudoroso tras la larga carrera. La puerta estaba abierta. Llamé al mediano desde el quicio de la entrada, pero no contestó. Entré hacha en ristre por si el orco estaba dentro, pero no encontré a nadie. Desesperado me volví para ir a buscar a Merry por Moria. Entonces vi el charco de sangre en el suelo y algo, pequeño, flotando en él.
Vomité al reconocer que lo que allí había era una lengua. Era lo que quedaba de Merry.
No recuerdo mucho más. Sólo que he estado corriendo por Moria gritando el infame nombre de Azog hasta caer exhausto.
No le he encontrado, pero lo haré. He jurado sobre las tumbas de Balin y Nurweon que acabaré con él.
La lengua está enterrada en la cámara de Balin. Cuando la cogí del charco de sangre recordé con amargura las veces que había deseado arrancársela de cuajo cuando cantaba sus tonadillas de La Comarca una y otra vez.
Ahora echo de menos esas canciones.

martes 10 de abril de 2007

Fin del Problema

Siete zancadas hacia el oeste, ¡¡brauumm!! ... Cinco brazadas hacia el sur, ¡¡uurrrg!!... Tres encaramadas por la maroma, ¡¡barum, barum, baruuum!! Un poco de maña, agarra la caña, mueve la losa y sal de la fosa... ¡¡Sha!!

Ratoncito, ratoncito... ¿dónde te escondes? Tu tiempo ha acabado, te espera un buen viaje hacia mi estomaguera, ¡¡jajajaja!!

¿Cómo? ¿Qué es eso? ¿Un ratón con colmillos? Ven acá, no creas que me asusta tu aguijón. Rápido, salto, esquivo, doblo. ¡¡Jajaja!! ¿Dónde está el paticorto? ¿Es que acaso no quiere venir a compartir la pitanza?

¡¡Y ahora vamos a lo serio bola de pelo!! La carne de pony llena pero no es nada comparado con tu exquisita grasa. Y por más que grites no vendrá, no vendrá, porque la veta de abajo cegada está, ¡¡jajaja!!

La mano se alarga, retuerce el cuello, chasquir de huesos, placer en ello, muerde la mano, chúpale el hueso, sangra su cuerpo, bébele el seso, ¡¡sluurps!!

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La sala de escritura estaba vacía cuando el enano regresó. Donde debería estar el pequeño mediano sólo había un charco oscuro, y en medio de él algo... acercándose pudo ver con horror que se trataba de la lengua del hobbit.

Pensándolo bien, el problema había finalizado. Nadie más que él y ese orco sabían de la exixtencia del Mithril.

Canciones y espera

Extraño pueblo el de los medianos. A pesar de la situación de Merry (él lo llama sus “vacaciones forzosas” en la montaña) no pierde el buen humor y es capaz de preparar deliciosos platos con las escasas provisiones de que disponemos mientras canta obscenas canciones de su tierra. Dice que soy un aburrido porque no le hago los coros en los estribillos. Ayer pasó casi todo el día cantando algo parecido a esto:

Mi tío tenía una azada,
larga, larga, ¡qué larga!
y mi tía quería labrar
el huerto que ella mimaba,
con la azada de mi tío muy tiesa,
y larga, larga, ¡qué larga!

Hay momentos en los que recuerda a su primo y se le ensombrece el rostro. Muchas noches le escucho llorar en su jergón. Pero generalmente está entretenido con sus tonadillas y diciéndome que soy un enano gruñón.
De Azog no sabemos nada hace días, y eso me inquieta. Debe de estar urdiendo algo.
Tuvo martirizado a Merry susurrando por los pasadizos que lo iba a despellejar hasta que desapareció. Quizás encontró algún poney de los medianos en la puerta del Lago y está haciendo la digestión en algún rincón de Moria.
Tengo que preparar una incursión a la cámara del mithril. Debo ver la veta de nuevo, no hago más que soñar con ella. Pero está el problema de dónde dejar a Merry. Conmigo no lo puedo llevar. Sería peligroso para él, y tampoco quiero que vuelva a ver la plata de Moria.
Puede que le deje atrincherado en la sala de escritura. Tengo una buena daga que le servirá como espada en el caso de que Azog consiga echar la puerta abajo.
Esperaré unos días a ver si aparece el orco. Luego ya veré cómo me las apaño para dejar seguro a Merry.
Necesito ver el mithril de nuevo…

miércoles 4 de abril de 2007

Nota de Mellon

El miserable, patético, infame y cabeza hueca Azog el orco se une a los diarios de Khazad-dûm.

A vuestro servicio,
Mellon Gabilul

El dilema.

Muchos piensan que los enanos somos unos seres avariciosos, egoístas e ingratos. No es cierto, a no ser que aparezca el mithril de por medio. Entonces es cuando el poder de la plata de Moria nos transforma.
Tengo un dilema de sobre qué hacer con Merry. Una parte de mí quiere llevarlo a los niveles inferiores y abandonarlo a su suerte, dejar que Azog termine lo que comenzó. Otra me recrimina tales pensamientos. Y todo porque he hablado con el mediano y me ha dicho que se fijó en la veta de mithril. Me habló de la cota de malla de Frodo Nuevededos y dijo que era yo iba a ser un enano afortunado si conseguía explotar esa veta y hacerme una igual. Ya me la enseñarás cuando la acabes, ha comentado sonriente esta tarde cuando hablábamos.
Merry no sabe que para tejer una cota como la de Frodo harían falta cientos de vetas como la que hay en la cámara del orco. De esa podrían salir un par de anillos, poco más, aunque suficiente para volver a casa a reclutar enanos para habitar Khazad-dûm. Pero eso no importa, lo importante es que el mediano sabe del valor del mithril.
Sería tan fácil conducirlo por los pasadizos y despistarlo… tan fácil. Pero no puedo hacerlo. No debo. Gimli, mi abuelo, nunca habría hecho una cosa así. Debo apartar estos pensamientos que me carcomen y centrarme en la manera de deshacerme de Azog.
También he de pensar en cómo sacar a Merry de Moria sin que vaya contando por ahí lo del mithril.
Tengo todo el invierno para cavilar sobre ello. Cuando llegue la primavera no podré retenerle. Quiere salir a toda costa de aquí y volver a la Comarca.

lunes 2 de abril de 2007

El mediano.

Dijo llamarse Meriadoc Tirapintas. Aunque prefería que le llamasen Merry, al igual que el famoso Brandigamo de la Comarca. Era tratante y se dirigía junto a su primo a trocar mercancía a Rohan con seis poneys cargados de cerveza y hierba para pipa. No era frecuente ver medianos fuera de sus tierras, pero Merry me contó que su primo le convenció para hacer el viaje ya que los productos de la Comarca se pagaban mejor en tierras lejanas. Su primo era lo que quedaba de huesos y carne desgarrada que había junto a él cuando le encontré en la cámara del orco.
Me contó que se acercaron a Moria para curiosear. Querían ver por dónde habían pasado Frodo, Sam, Pippin y Merry. Dos orcos les asaltaron en la puerta. Para cuando quisieron darse cuenta estaban en lo más profundo de las minas. No sabía qué había pasado con los poneys y su carga.
Le dije que lo más probable era que, si habían escapado de los orcos, los lobos habrían dado cuenta de ellos.
Relató lo acontecido con su primo, entre sollozo y sollozo. Los orcos estuvieron discutiendo sobre a quién comerse primero. La prominente barriga de su primo Togo –gran bebedor de cerveza, me dijo Merry con melancolía- fue lo que decidió a los orcos. Le destriparon a golpe de cimitarra y comieron sus vísceras mientras aún chillaba.
Le pregunté varias veces por el número de orcos que había visto. Dijo dos. Sólo había visto a dos orcos, de los cuales, según su impresión, uno llevaba la voz cantante sobre el otro, más débil, que pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo. Quizás –pensé- estuviese enfermo, y mi hacha había aliviado todos sus males. Uno menos del que preocuparse.
El mediano me suplica día y noche que le saque de Moria. Me ha prometido oro si le llevo hasta la Comarca. Le he dicho que es invierno y los lobos andan al acecho en los páramos. Hay que esperar a la primavera para viajar. Pero no le convencen mis explicaciones. Quiere irse de Moria sea como sea.
Siento pena por él. Algún día habré de decirle que no pienso abandonar Khazad-dûm hasta que no decapite a Azog. Además, tengo que preguntar sutilmente al mediano por la veta de mithril que vi en la cámara del orco. Debo saber con certeza si Merry sabe lo que es el mithril.
Sería peligroso dejar que esa información saliese de Moria.