jueves 14 de junio de 2007

Calma tensa

"Queridos padres,

Espero que al recibo de esta se hallen bien de salud, ya los compañeros que llegaron hace unos días me dieron nuevas sobre ustedes y estoy más sosegado en ese aspecto. A partir de ahora será a través de Noïn como nos haremos llegar noticias, ya les explicaré más adelante el por qué.

La situación de las Minas es cada vez más dificil. Comparado con los primeros días, donde la impresionante soledad de los antiguos salones me reconfortaba a la vez que me infundía un terrible respeto ahora el murmullo constante de muchas voces hace que añore algo de aquella calma.

Los acontecimientos han dado un vuelco desde que los nuestros aparecieron por el Lago Espejo, providencialmente si se me permite decirlo. Ahora nosotros ocupamos la zona de la Sala de Escritura y los de Erebor permancen en los salones cercanos a las Puertas. Se han hecho fuertes y han bloqueado los pasadizos que podrían darles problemas.

Yo sigo intentando el acercamiento entre los dos grupos, pero Kibil, el jefe de vuestra expedición no quiere ni tan siquiera hablar de ello. Él vio con sus propios ojos como "los otros", como los llama, intentaban matar vilmente a uno de los de su raza, y eso es algo que un enano no puede olvidar jamás. Kibil menospreció a los enanos de Erebor llamándolos mezquinos, pero aunque yo le intenté convencer que los mezquinos eran también hermanos en Aulë, Kibil hizo un gesto despectivo. Los mezquinos son escoria y todo aquel que se considere un buen enano debe acabar con lo que quede de esa raza. Eso es lo que desde pequeños nos enseñaron, Mellon, me dijo mientras hacía con el puño el gesto de aplastar algo. Aunque sigue respetándome como Señor de Moria, en realidad él es el que toma las decisiones sobre la defensa de nuestra posición.

Desde que llegaron los de Erebor los orcos han desaparecido de nuestra vista. - ¡Cobardes! - espetó Kibil cuando le conté toda la historia. Pero yo creo que algo traman. El Inmundo es demasiado inteligente como para traer aquí a casí dos docenas de enanos y amagarse después cual conejo.


La defensa de la que les hablaba antes es frente a las comadrejas. Han multiplicado su presencia en las minas casí por cientos. Están en todas partes y siempre esperando al acecho, prestas a atacar. Nosotros hemos caido ya en dos emboscadas de las que afortunadamente no hemos lamentado baja alguna. De los de Erebor nada sé, aunque temo que al estar más desguarecidos tengan mayores problemas. Aunque Kibil dice que las comadrejas acuden porque hay aquí Khâzad y eso les proporciona opciones de robar viveres y otras cosas, yo no creo eso. Sigo pensando que Azog tiene algo que ver en ello.

Tampoco veo nada claro que el odioso cuervo fuera hasta Aglarond con mensajes de apremio. Aunque le he jurado a Kibil y a los otros que yo no tuve nada que ver con dichas misivas, ellos siguen pensando en que si bien Thârkun es un traidor, quizá la lealtad a nuestra casa haya sido más fuerte que lo que los orcos le puedan dar y que de no ser por él ahora mismo yo estaría en la panza de algún wargo o devorado por las aves carroñeras. He de admitir que tienen razón pero...

Cambiemos de asunto, me gustaría saber que tal les va a los vecinos con su nueva excavación, ya que...[...]"


La zarpa negra y peluda dobló con cuidado el pergamino y lo volvió a dejar sobre la mesa. Miró hacia el bulto que permanecía en el suelo, inmovil. Dió una orden rápida y dos grandes orcos salieron de la penumbra y levantaron por los sobacos al ser. Azog se acercó al ente y le arrimó un odre con un cordial que el enano se negó a beber. Los dos orcos le obligaron a abrir el gaznate y a trasegar una generosa ración del brebaje, que al poco hizo efecto en el enano.


Los ojos de ambos se cruzaron y durante un buen rato el enano le hizo frente, pero al final tuvo que apartar la mirada. El poder maléfico de Azog podía doblegar a casi todos los seres de Arda.

- Noïn - el enano se sobresaltó al oir su nombre. - ¡Léeme que es lo que dice aquí! - dijo el orco señalando la carta de Mellon. El enano nego con la cabeza. Estaba bastante débil pero aun podía mantener cierta cordura en sus actos. Azog comenzó a impacientarse mientras jugueteaba con el filo de la carta. Jamás entendería esa obstinación de los paticortos por ser leales y nobles. - ¿No quieres colaborar engendro de Aulë? ¡Pues a las mazmorras con él! - ordenó y al momento entró un pelotón de cuatro orcos que prendió al enano. Uno de los dos orcos que estaban en la estancia se puso al frente del grupo y salió de la estancia, no sin antes cruzar una mirada de complicidad con su Capitán. - ¡Sacadlo por el conducto sur! - fue la postrera orden de Azog mientras los orcos, a paso rápido arrastraban a su prisionero.

Una vez salieron todos de la sala, Azog se volvió hacia unos cortinajes vetustos y raidos que pendían en una pared. -¡Salid Maese!- apremió mientras dirigía sus pasos hacia la mesa.

Una pequeña figura apareció tras las telas. Llevaba el gorro puntiagudo en las manos y andaba quedamente, como queriendo demostar que las canas que poblaban su barba estaban acorde con su edad. Lentamente se dirigió hacia lo que el orco le tendía y con mano temblorosa lo tomó y leyo. Una vez concluida la lectura su faz había mudado y la ira se pintaba en el rostro.


- Las bellas palabras que Maese Mellon le dedicara a tu hijo tan sólo eran eso, palabras - Azog comenzó a hablar sin mirar directamente al viejo - por descontado que al estar sólo intentó hacerse amigo de los moradores más antiguos. Pero ya podeis ver Maese Ignun que en cuanto llegaron sus congéneres las cosas han cambiado.

El viejo suspiró mientras leía una y otra vez la carta. Su hijo le había hablado tan bien de Mellon... Quizá si Kibil y sus hombres no hubieran llegado...
- Sé que estás pensando Ignun - la voz de el orco se fijó en su cerebro mientras unos ojos grises, si expresión pero con poder, mucho poder, comenzaban a atravesarle - piensas que quizá no todos los enanos sean iguales, que las cosas cambian y que ahora, cuando vuestro número mengua, deberíais estar unidos. Pero, seamos realistas - ahora los ojos de Azog si se clavaron sobre las oscuras pupilas de Ignun, que tras una leve resistencia, se abandonó al discurso de su enemigo - cualquiera de los dos pueblos que están ocupando (si Ignun, ocupando) tu Reino en cuanto te vea no cejará hasta deshollarte y colgarte de las puertas de Khâzad-Dum. Su excusa es el mithril Ignun, pero - y en este momento Azog acompañó sus palabras con una palmada en el hombro del anciano - tú y yo sabemos que lo que buscan son las raices.
En el momento que el orco mencionó las raices el anciano khâzad meneó la cabeza con furia deshaciéndose del sortilegio de la voz del orco. Cuando volvió a mirar a este, sus ojos despedían chispas.
- Decidme pues Azog, ¿qué quereis que haga?
El orco sonrió y acercó una silla, hasta ahora escondida a los ojos de Ignun y le invitó a sentarse.
- Tomad pluma y tinta Maese Nibin. Vais a escribir una carta. No es justo que uno de los bandos esté en inferioridad con respecto al otro, ¿verdad? - rió mientras señalaba hacia la puerta por donde había salido el enano de Aglarond. En seguida entró un orco y tomó la carta de Mellon partiendo ráudo. -¿por donde íbamos? ¡Ah, si! ... Señor Dain III, Rey Bajo la Montaña en Erebor...
Al poco tiempo y a algunas yardas hacia el sur una hueste de snaga atacaba una escuadra de orcos con un botín bien jugoso. La lucha fue breve ya que los orcos se emplearon a fondo matando y esquilmando a los serecillos que tan sólo estaban armados con sus afiladas mandíbulas. Noïn pudo ver como los seis orcos eran fieros y no escatimaban en fuerzas en destrozar al enemigo. Mellon tenía razón al temer una trampa. La lucha fue trasladándose hacia el fondo del pasadizo mientras las comadrejas huían y los orcos, exultantes, los perseguían sin hacer caso de las amenazas de su jefe. Había sido una suerte hacerse el exhausto ya que no le habían atado las manos ni los pies, ya que lo llevaban a rastras. ¡Estúpidos orcos! En un momento en el que el jefe del pelotón dejó de vigilarle para restallar su látigo hacia sus rebeldes soldados, Noïn alcanzó a apartarse a una pequeña grieta en la que de haber sido un enano más corpulento no habría cabido. Las teas no iluminaban esa zona por lo que los orcos no lo pudieron ver. Pasaron cerca de donde se encontraba entre improperios del jefe y chasquidos del látigo. Algún orco perdería hoy su piel. El enano sonrió divertido y cuando calculó que ya no le podrían seguir, se dispuso a partir. Fue entonces cuando algo llamó su atención. A pocos pasos de él algo se movía levemente, acompañado con el aire fresco que debía de llegar de las Puertas. Se agachó y a punto estuvo de dar un grito de alegría. En sus manos tenía la carta que Mellon le había confiado para que entregara a sus padres en Aglarond. Sin tiempo a ver si alguien le observaba, se dirigió hacia las galerías de acceso a las puertas, y por el hueco de las terrazas superiores burló la vigilancia de los enanos de Erebor y salió a la fría noche. Las estrellas habían sido generosas con él y Mahal le protegería en su viaje.

3 comentarios:

Azog i Orch, Moria Goroth dijo...

Excúsenme la justificación y la diferencia de letras, la verdad es que los orcos no nos llevamos muy bien con el editor de blogger.

Lord Balin dijo...

Gran actualización, Azog, y esto cada vez se pone mas interesante...esperaré impaciente la próxima entrada.

...Balin Fundinul Uzbadkhazaddumu...

Mellon Gabilul dijo...

Vaya, me lo pones dificilillo.
Cuando mi jefe se sosegue un poco tras mi regreso de vacaciones, contestaré como es debido a vuestra trama, señor Azog.
A vuestro servicio,
Mellon Gabilul.