sábado 5 de mayo de 2007

Cambios y novedades

Ha sido más fácil de lo que yo recordaba. Parece ser que a medida que pasan los años en esta Arda que mi Señor Melkor tan gloriosamente moldeó el poder de los hildor y los golug mengua, aunque de los primeros cada vez haya más número. Pero esto no es nada preocupante, sino más bien al contrario. Hacía ya bastante tiempo que los muchachos no tenían la panza tan llena. Hay que reconocer que no hay nada como pescar con un buen cebo. Y un paticorto hijo de Aulë es uno, y de muy buena calidad...

- Comandante - la voz rasgada de Yazorg interrumpió el soliloquio. El recién llegado siguió hablando tras recibir la autorización - la última batida arroja un resultado de cuatro docenas de snaga aniquilados en las simas del noroeste. Los infectos están reagrupándose cerca del vigesimo tercer nivel, aunque sus fuerzas menguan cada día que pasa. El aviso al Capitán Mezog en las guardas de Mithrim ha reducido las incursiones drásticamente, para desgracia del Olog que vos gustais conservar como mascota - una imperceptible mueca sarcástica se dibujó por un instante en el semblante impertérrito del soldado mientras decía esto último.

- Habrá que recompensar a Mezog - el gesto del Comandante no varió ni un ápice mientras recibía y asimilaba toda la informacion. - Asegúrate de que los muchachos de las galerías inferiores también reciben parte del botín. No quiero prescindir de más soldados, de momento.

- ¡Si mi Comandante! - clamó Yazorg mientras se cuadraba. - respecto al otro asunto, todo está dispuesto - y mientras decía esto entregó un objeto tapado con un trapo sucio a su comandante, que lo tomó sonriendo.

- Conforme Yazorg, veo que no olvidas las obligaciones de tu nuevo cargo - se carcajeó el orco al ver la cara de sorpresa del soldado, por primera vez rota la mueca impasible. - Dagal cayó en la emboscada a los hildor, así que desde este momento tú eres el nuevo sargento de asalto.

El orco llamado Yazorg se postró ante su Comandante, y este, molesto con el gesto de su subordinado, lo levantó de un fuerte empellón. -¡basta patán! ¡ve a apostarte donde quedamos, en breve comenzará el operativo y no quiero fallos!

Yazorg salió a toda prisa de la estancia mientras pensaba que la suerte no podía favorecerle más en ese día. Estaba cerca ya de iniciarse en los secretos de los Oficiales, lo presentía. Así que no lo dudó y apostó a sus hombres donde días antes lo habían estudiado Dagal y él.

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Ese sonido otra vez... más grave que un cuerno de los hombres, probablemente de una bestia de mayor tamaño. Llevan así más de seis horas, es imposible descansar con tanto alboroto. A saber que están celebrando estos engendros.

En la Sala de Escritura el enano cree estar a salvo, las puertas atrancadas, las armas prestas... de pronto ruidos en la sala contígua. Blasfemias, gritos, batir de metal contra losa... ¡la tumba de Balin! El enano considera la situación, pero la rabia lo domina, no puede dejar que los inmundos vejen el reposo de su predecesor. Armado hasta los dientes y con mucha precaución, abre la puerta... ¡y donde antes se oía jaleo ahora no hay nada! poco a poco se adentra en la sala, mira por encima y cuando va a volver a su refugio, la puerta por la que ha entrado se cierra de golpe.

En tensión, alerta, intenta abrirla sin resultado. Una idea pasa ráuda por su cabeza y se lanza hacia la otra puerta, que logra abrir en el momento justo de ver como una figura grotesca huye por el corredor. El enano se lanza tras ella hasta llegar a una sala algo mayor, con tres bocas de salida hacia otros tantos niveles. El enano frena en seco. En dos de ellas hay piqueros orcos en posición de espera. El enano se maldice y prepara su defensa, pero le desconcierta que los orcos no ataquen. Paso a paso entra en la sala con la espalda pegada a la pared y la idea de ganar la salida libre. Por el túnel que ha entrado se ven asomar más picas orcas, y lentamente los piqueros de las otras entradas avanzan con intención de envolverle. Sólo queda la opción de correr hacia la salida, aunque algo le dice al enano que se está metiendo en una emboscada.

Veloz aunque cargado con sus armas el enano avanza hacia una luz en el fondo de la galería. Tras él oye el lento paso de los piqueros. Podría volver y arramblar contra ellos, pero calcula que ahora mismo dentro del túnel deben haber más de quince. No ha visto a Azog pero si le pareció ver a otro orco horrendo haciendo las veces de jefe. ¿Cúantos engendros de estos habrán en las minas? la claridad cada vez es mayor y cuando llega al fondo el enano descubre una sala con una ventana abierta al infinito, por donde se cuelan los primeros rayos de sol. Al menos sabe que los piqueros no avanzarán más. Explora la sala y descubre una puerta desvencijada. El herraje está oxidado pero, para su sorpresa, abre a la primera sin ningún quejido. Más allá un pasaje se adentra en la oscuridad, un pasaje burdamente tallado que no puede haber sido obra de su pueblo. Al fondo, una pared. ¿Atrapado? francamente, cree que no. Parece todo demasiado rebuscado como para morir allí. Nada se oye a sus espaldas, ni un ruido. El enano tantea la pared hasta que encuentra lo que busca; una especie de picaporte que acciona con una leve presión. la pared bascula sobre su eje y la luz entra a raudales en el pasaje.

El enano no lo puede creer. La pared que acaba de abrir es en realidad uno de los anaqueles de la sala de Escritura. Asombrado a la vez que aterrado por la cantidad de información que le falta por aprender de su querida Moria, revisa las puertas y comprueba que nada falta de sus pertenencias. Tras falcar el anaquel de forma que no se pueda volver a abrir desde el pasaje, le llama la atención un objeto tapado con un trapo sucio que descansa sobre uno de los escritorios laterales. No recordaba haber dejado nada ahí. Se acerca con cautela ya que no le gusta nada el cariz que toman los acontecimientos. Los últimos regalos de los orcos no han sido precisamente agradables. Levanta con sumo cuidado el trapo y se queda extasiado contemplando el bloque de mineral que refulge ante sus ojos. La palabra no sale de su boca pero sin embargo resuena en toda la sala.

- ¡¡Mithril!!

Como un wargo herido el enano se gira hacia la voz. Arriba, en una ventana abierta sobre la galería superior que el enano suponía un agujero de ventilación, Azog el Orco, Comandante De Todos Los Orcos del Norte, le contemplaba sonriendo. O al menos esa es la sensación que le produjo al enano.

- Es hora ya de que vos y yo tengamos una pequeña charla, ¿no os parece maese Mellon? -

2 comentarios:

Mellon Gabilul dijo...

Orquito,
Si piensas que vas a comprarme con un trozo de preciossssssso mithril, lo llevas claro.
Además, todo el mithril de Moria me pertenece.
Es mi tesssssssssoro.

Azog i Orch, Moria Goroth dijo...

Mmm... ¿quién ha hablado de comprar ni de vender?

¡Codiciosa criatura! ¿es que no aprecias una buena conversación al amor de la lumbre, con un buen plato de queso y un mejor vino?

¡Jajaja!