Una figura algo rechoncha, más alta que la media de aquellos seres se acercó hasta un pequeño promontorio natural al final de la cueva. Dos grandes braseros ardían allí dando un halo de excelencia a aquel orador, que no se anduvo por las ramas.
- ¡Gente Oscura! - la voz de Subag bramaba por encima de los demás sonidos - Largo tiempo hemos estado confinados aquí, sufriendo los embates de unos y otros. La cuenta de nuestros hermanos que intentaron abrirse camino fuera es dilatada y doloroso es saber que casi todos cayeron bajo las zarpas de esos salvajes, esas bestias... ¡Urûk! - en cuanto pronunció la palabra un escalofrío de terror recorrió toda la congregación, y contínuas murmuraciones surgieron espontaneas hasta que la voz de Subag volvió a acallarlas.
- Pero esos días han quedado atrás - un murmullo mezcla de asombro y curiosidad se alzó de las miles de bocas apretujadas - los salvajes se han retirado de los pasos, se los ha visto regresar al oscuro norte, de donde nunca tuvieron que salir. La llegada de los Barbudos les ha hecho retroceder asustados cual conejos - Subag calló un instante para observar el alcance de lo que iba a decir.
- Camaradas, las puertas de Moria están abiertas de par en par para nosotros, ¡tomémosla sin falta!
El ruido y la algarabía que se formó tras las últimas palabras del gordo Subag ya no le interesaron al observador, que se retiró discretamente hacia la salida. Allí, junto a la gruta que hacía las veces de entrada, su capitán le esperaba apoyado en el gran arco de tejo que tan diestramente sabía emplear.
- ¡Señor! - el soldado se cuadró ante Mezog mientras este le invitaba a seguir - los snaga han decidido ya. Partirán inmediatamente hacia Las Minas.
Mezog agradeció las palabras del orco y salió al exterior. La luna estaba en cuarto menguante, ya quedaba muy poco para que ocultara su faz durante un tiempo. Sonrió y se acercó hacia el ave que estaba dormitando sobre la cornisa. Le susurró tres palabras al tiempo que impulsaba al cuervo, que desplego su negro plumaje mientras graznaba quedamente. Cualquiera diría que Tharkûn se estaba riendo. Mezog volvió hacia donde le esperaban sus guerreros y desaparecieron tras un recodo del camino.
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Tharkûn viajaba raudo hacia la cima donde sabía que su Amo le estaría esperando. Se sentía algo cansado, no en balde en los últimos días había volado más que en los cuatro últimos años. Había regresado de Aglarond el día anterior después de entregar un paquetito con mithril y un mensaje a los padres del enano, y Azog lo había mandado a las guardas de Mithrim. ¿merecía la pena tanto esfuerzo? el cuervo volvió a reir y continuó batiendo las alas, rumbo al Zigur.




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