lunes 28 de mayo de 2007

De mal en peor

El Destino parece buscar tortuosos caminos para mí. A veces pienso que es la propia Moria la que hace todo lo posible por hacerme desistir en mi empeño por revivirla.

Llevé conmigo al rehén para liberarlo cerca de la sala donde estaban los de Erebor. Le expliqué al enano amordazado que iba a dejarle libre. De él dependía contar la verdad que había escuchado de mi boca. Lo cargué sobre la espalda, con las manos y pies atados, y caminé hacia el campamento de los enanos. Cerca de ellos lo bajé y –ante su mirada de sorpresa- deposité el trozo de mithril junto a sus pies. Le dije que era al único mithril que tenía. El resto, expliqué, estaba en los niveles inferiores custodiado por orcos y un troll herido. También le dije que ese trozo de plata tenía como destino convertirse en un anillo para mi madre, y que esperaba que me fuese devuelto cuando todo se hubiese aclarado.
Luego grité llamando a los enanos de Erebor. Poco después aparecieron dos de ellos, armados con hachas, en un recodo de los túneles.
Antes de que me viesen di una palmada en el hombro del que había sido mi rehén y le quité la mordaza de la boca. El enano me miró un instante y gritó llamando a los suyos. Corrí a refugiarme en uno de los pasadizos y esperé la llegada de los de Erebor. Cuando el enano se quedó solo llamando a los otros, cuatro seres peludos –Comadrejas- surgieron de uno de los pozos de ventilación y se abalanzaron sobre él. Una de la Comadrejas le desgarró la garganta de un mordisco. El resto hincó diente dónde y cómo pudo.
Salté de mi escondite y fui a por ellos. En ese momento llegaron los dos enanos de Erebor. Su compañero yacía desangrado sobre el suelo y ya era festín de los engendros. Los enanos se quedaron plantados ante la escabechina sin saber cómo reaccionar.
Furioso la emprendí a hachazos contra las Comadrejas. Maté a dos y recibí bocados y arañazos de los otros dos en brazos y piernas.

-¡Ayudadme! –le grité a los de Erebor.

Los enanos cargaron. Pero lo hicieron contra mí. Las Comadrejas, al ver tanta hacha junta, huyeron por los túneles.
Conseguí esquivar un hachazo y me deshice a empujones del enano que me atacaba. El otro estaba postrado junto al caído. Recogí el trozo de mithril del suelo y corrí a los túneles. Escuché a los enanos de Erebor maldecir tras de mí. Gritaban “Asesino” “Traidor” y juraban encontrarme y vengar la muerte de Odín.

Así me he enterado que el joven enano que retuve como rehén se llamaba Odín. Que Mahal le acoja en sus estancias.
El mithril lo tengo entre las manos. Está impregnado de la sangre del enano.
¿Cuántos más deben morir antes de que esta locura acabe?

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Acepta el hecho enanín, Moria está maldita para todos los de tu especie.