Mahal bendito. Ha sido una matanza. Algún espíritu de mis antepasados debe velar por mí, pues he salido casi ileso.
Los hombres entraron en Moria haciendo tanto ruido como un olifante cargando en batalla. Incluso Balin debió de revolverse en su tumba ante tanto alboroto.
Les advertí. Grité desde lo alto de uno de los puentes. Ellos estaban debajo, rebuscando entre huesos, recolectando yelmos y hachas. Riendo por el botín y llamándose a voces cada vez que localizaban algo no demasiado herrumbroso.
Les dije que debían irse. Volví a mencionar la presencia de orcos en las minas. Respondieron ultrajando el honor de mi madre. Dos de ellos dejaron el saqueo y buscaron un camino para llegar adonde yo estaba.
Azog apareció en la boca de un túnel. Estaba solo y llevaba un látigo en la mano. Los que iban a por mí, que habían subido un trecho, le vieron y avisaron a los otros.
- ¡Un orco! –gritaron.
Pensé que saldrían de la minas. Pensé que iban a huir y no volverían a pisar Moria. Me equivoqué.
- Matemos al orco –dijo uno-. Nos pagarán mucho por su cabeza disecada.
- ¡Y las garras! –apuntilló otro-. Las venderemos para hacer colgantes.
Y los cuatro, espada en mano, fueron hacia la boca del túnel.
Estúpidos hombres.
Azog restalló el látigo contra el suelo y se apartó de la entrada. Temí lo peor y grité de nuevo a los saqueadores. Aún estaban a tiempo de retroceder. Ni siquiera se volvieron a mirarme.
El troll que yo creía muerto apareció por la boca del túnel. Tenía la herida de mi hacha cubierta de una oscura sustancia que parecía pus. Localizó a los hombres -que estaban paralizados de terror-, bramó y cargó.
Los saqueadores no eran pipiolos en el arte de la guerra. Sabían luchar. Fueron prácticos y ejecutaron el “divide y vencerás”. Se separaron y dejaron al bruto que escogiese. El troll fue a por el que tenía más a mano. Los otros tres le rodearon y comenzaron a hostigarle por la espalda mientras su compañero caía al suelo a causa de la embestida del troll. Se defendió unos momentos, pinchando con la punta de la espada las zarpas que querían agarrarle. No tardó en morir aplastado contra el suelo. Sus compañeros mancharon sus espadas en varias ocasiones y le produjeron al troll cortes profundos en muslos y nalgas. Cuando se volvió a ellos, cansado de estampar contra la roca el cuerpo inerte con el que se cebaba, los saqueadores buscaron salidas para huir de allí.
Por las cuatro bocas de los túneles que rodeaban la sala surgieron orcos armados con picas de hierro. Tres por cada arcada. No atacaron. Hincaron rodilla en tierra y cerraron los pasos a punta de lanza. Azog quería que el troll acabase lo que había comenzado. Parece ser que se estaba divirtiendo.
Uno de los hombres, desesperado, corrió hasta la posición de Azog perseguido por el troll. Los piqueros que había tras él cubrieron a su capitán y ensartaron al desgraciado en los hierros.
La única posibilidad para los dos que quedaban era subir hasta donde yo estaba. Era un lugar alto y parapetado, con salida hacia los pasadizos superiores. Les llamé. Esta vez sí que me hicieron caso. Comenzaron a trepar por las rocas y llegaron a una repisa a media altura a escasos dos metros de mí. Les alcancé el mango del hacha y uno de ellos consiguió subir. El otro no tuvo tanta suerte. Dos picas volaron desde uno de los túneles. Una chispeó contra la roca, la otra encontró la parte blanda del estómago del saqueador. Antes de caer fulminado al suelo, llegó el troll y terminó la faena. Le cogió por la pica que tenía clavada y lo decapitó a bocados.
Varias picas más fueron lanzadas hasta nuestra posición. Agachados logramos buscar cobijo en los pasadizos.
Cuando pensaba que todo había terminado, encontramos dos orcos cerrando el paso. Azog había sido previsor y los envió a cortarme la salida. Detrás nuestro ya se escuchaban los gruñidos de los piqueros que subían.
Dije al hombre que atacase conmigo. Un orco para cada uno. Debíamos hacerlo rápido, o nos darían caza los de atrás. Pero el saqueador estaba ido, con la mirada perdida, respirando con dificultad. No esperé y ataqué con el hacha. Acerté en la pierna de uno de ellos –que cayó herido- y me revolví contra el otro. La cimitarra me tocó en la cota de malla y recibí un guantazo que me hizo tambalear. Entonces reaccionó el saqueador y arremetió contra mi contrincante. Yo rematé al herido, que intentaba levantarse, y fui junto al hombre a tumbar al orco. Entre espada y hacha lo abatimos, pero ya teníamos casi encima a los piqueros. El saqueador se volvió a ellos y les plantó cara. Grité para que me siguiese. No hizo caso. Se enfrentó a las picas.
Escuché sus alaridos de dolor cuando corría por los túneles buscando refugio. No quiero pensar en lo que hicieron con él.
Son demasiados bichos para un solo enano.




4 comentarios:
Pasan raudos mas inacabables los años de Endor; las generaciones de los Atani viven con prisa y mueren sin resignarse... y el que fuera Tellosthir, Morneldatur, se cansa de vivir a la orilla del mar, mirando hacia una costa que nunca podrá alcanzar.
Hay sitios del mundo que nunca visité, ocupado con la guerra y el exterminio de las criaturas oscuras... y hay muchos de esos sitios que tal vez esté infestados de seres sin alma y con la oscuridad de Melkor en su corazón.
Tal vez sea hora de ensillar a Fenúhinë, aceitar a Tethzûkhô y partir en busca de la guerra.
anda que!!
Maese Mornatur,
Seréis bienvenido a éstas minas, lord.
Infame Azog, alias "anónimo",
¿Qué? De vuelta de las vacaciones ¿no? Te habrás puesto tibio de ron.
A ver si escribimos un poquito, so vago.
Cuando leí las crónicas de esta batalla, Azanulbizar, me embargo una tristeza profunda al ver la desgracia que acaecía sobre el pueblo de Khazad-dum y la trágica victoria del pueblo de Dúrin.
Bacano este ejercicio.
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