miércoles 18 de abril de 2007

Limpieza y exterminio.

La noticia de la llegada del enano había corrido como el vino en una posada por todas las cuevas, antros, covachas, simas, túneles y guaridas de las Montañas Nubladas. En otros tiempos, tiempos de gloria para nuestra raza se podría haber reunido en unos pocos días un gran ejército de valiosos soldados. En otros tiempos...

Ahora ya quedan muy pocos uruk, la especie había perdido casi todo el poco brillo que llegara a tener con el impertinente Sauron, bien muerto esté allá donde cayera. Y del clan de los Minagh se podía contar con los dedos de la mano de un olog los guerreros que quedábamos. Cada uno repartido y lejos de los otros, gobernando desde la sombra y escondidos, quizá esperando el momento oportuno.

Los snaga campan a sus anchas, vienen, van, secuestran pálidas y las someten a vejaciones que, en tiempos me hubiesen deleitado. Roban, saquean, son sigilosos y muchas veces salen victoriosos de sus algaradas. Bastantes caen a manos de los hildor, pero es lo mismo. Su ritmo de reproducción es más elevado. Y eso está bien, hasta para mi.

Yo he tenido suerte. Si se puede ver así. Pocas criaturas hay en Arda que sean más longevas que yo. Y a veces me pregunto si merece la pena. Pero la respuesta casi siempre es si, merece la pena despertar al nuevo día y ver lo que Melkor ha dispuesto desde su infinito confinamiento. ¡Ja, ja, ja!

Ruidos en la sexta galería. ¡Sha!¡pushdug snaga! ¡estúpidos! cada tres días lo mismo, siempre la misma canción desde que el bastardo barbudo llegara. Aunque mejor es que no aprendan que las minas tienen más de una entrada. Eso no sería bueno, no sería bueno para Azog.

El ruido de la cimitarra al abandonar su guarda puso en alerta a los soldados que, distraidos, roían algunos huesos ya mondos. Con sigilo siguieron al Comandante hasta la sexta.

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Cuando el enano pasó cerca de la entrada, raudo en dirección a su refugio no pudo por menos que detenerse ante el hedor que emanaba de una sala, situada cerca del Salón de las Hojas. Con cautela, asomó la punta de su barba y pudo comprobar que la fetidez la exhalaban varios cádaveres, destripados, despanzurrados, decapitados... quizá habrían unas dos docenas de esos seres. Pequeños, peludos, con las fauces medio abiertas y las extremidades grotescamente largas en relación a su cuerpo. Se tapó la boca con un pañuelo y, retrocediendo con cuidado, se alejó descompuesto. Acababa de ver al troll, al mismo troll que Azog quería enviar contra él, devorando a un engendro, quizá un maléfico cruce entre orco y mujer. Rápido, tan rápido como pudo, llegó a la Sala de Escritura y comenzó a pensar en como sobrevivir.