Los pequeños engendros peludos, a los que llamo las Comadrejas, han birlado la cabeza del orco. Pillé a dos de ellos descolgándola del soporte del pasillo. Después de desclavarla se pelearon por ver quién le hincaba primero el diente. Al verme, salieron corriendo; uno con la cabeza orca agarrada en la mano y el otro tras él, sin quitarle ojo de encima a la testa reseca. Tienen hambre los condenados.
Hay veces que casi me dan pena. Otras siento por ellos una profunda repugnancia. En este caso, cuando alcancé a uno de los dos ladrones de la cabeza del orco, actué de forma misericordiosa y puse fin a sus calamidades a golpe de hacha.
Dejé el cuerpo de la comadreja tintando de sangre el piso pétreo de Moria y me escondí a la espera de que otros llegasen a devorarlo. Así podría segar la vida de alguno más de ellos, en el caso de que no arribasen muchos al festín. Tampoco hay que tentar a la suerte y, como escribió mi madre, debo ser prudente. O al menos intentarlo.
No mucho después llegó media docena, así que opté por seguir escondido y no atacar. Me quedé mirando a la espera de ver que ocurría. Quizás se despedazasen entre ellos por conseguir un bocado de carne muerta. Pero no. Uno de ellos, hembra, se agachó sobre el cadáver y le acarició suavemente el pelo del rostro. Después, entre todos, lo alzaron y se lo llevaron por los túneles. Intrigado los seguí.
Bajaron varios niveles y a punto estuve de retroceder; me estaba alejando excesivamente de mis dominios. Pero pudo más la curiosidad que la prudencia.
Llegaron al final de un túnel en el que había una puerta. Empujaron el pesado portón y entraron con el cadáver a hombros. Entraron en una sala amplia que desprendía olor a muerte. Me quedé junto al quicio de la entrada, espalda contra la roca, con el hacha preparada para cualquier imprevisto.
Las Comadrejas levantaron una losa del suelo y el hedor pútrido se hizo insoportable. Lanzaron el cuerpo al foso y colocaron de nuevo la losa. Comprendí que esa sala era su cementerio. Me sorprendió que no se comiesen a sus muertos y tuviesen la decencia de enterrar a los suyos.
Con lo que no conté fue en mi retirada. Para cuando quise darme cuenta iban a abandonar la sala y yo tenía un largo trecho de túnel por el que ascender antes de encontrar otro recodo en el que ocultarme. Así que metí medio cuerpo en la estancia, agarré la argolla del portón, cerré con fuerza y atranqué el cerrojo con el mango del hacha corta que llevaba colgada del cinturón. Eché a correr túnel arriba. Mientras corría escuché como gritaban y golpeaban la vieja madera de la entrada.
Imagino que otros de los suyos los habrán liberado. De no ser así, seguro que el hambre no les hace respetar ni a los muertos.




3 comentarios:
Extrañas criaturas... me recuerdan a ciertos ancestros de los Atani que encontré vagando por el lejano Harad hace muchas edades...
Vaya, vaya, vaya... es extraño ver a estas criaturas cercas de orcos y cavidades montañosas. A mi parecer, si no quiere deshacerse de ellas cuando levante de nuevo Khazad-Dûm, creo que debería expulsarlas de los salones principales ^^.
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