El mordisco del orco hizo que cayese enfermo. Su saliva, putrefacta, entró en mi sangre contaminándola. Lo que comenzó con un escozor en la zona herida, acabó en una fiebre que me tuvo delirando durante tres días. En mis delirios pude “ver” cientos de enanos pululando por Khazad-dûm. Unos esculpían mi nombre en los ábsides de las arcadas, otros forjaban anillos de poder con el mithril que afloraba en forma de gruesas vetas por salas y pasadizos.
Todos los enanos llevaban la capucha calada en la cabeza. Velaban mi cadáver al igual que yo velé el de Nurweon. Susurraban que Mellon Gabilul fue un buen Señor de las Minas y que había devuelto el esplendor perdido a Moria.
Entre ellos, destacando por su altura y rasgos grotescos, el orco que había visto en la entrada del lago del Espejo esperaba el final de mi funeral para proclamarse el nuevo Señor de Khazad-dûm. No estás muerto –decía-, pero ellos creen que sí. Y una y otra vez repetía “Azog, Azog, Azog”.
Los pocos momentos de lucidez que tuve los dediqué a beber agua con avidez y comprobar, avanzando a rastras, que la puerta de la sala estaba bien atrancada. Luego volvía a caer en brazos de la fiebre y los enanos aparecían de nuevo junto al orco.
Cuando desperté, sintiéndome un poco mejor noté que estaba empapado de sudor y orina mezclada con excrementos secos. Muerto de hambre, cogía una manzana para comérmela. Al segundo bocado vomité bilis y agua. No soportando el hedor que mi cuerpo desprendía, me desnudé y gasté un odre de agua en un intento desesperado por lavarme.
Me puse ropa limpia y me aseguré, de nuevo, de que la puerta estaba asegurada.
Después caí rendido al suelo y dormí durante casi un día alejado de fiebre y sueños.
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