jueves 29 de marzo de 2007

El gato y el ratón

Después de recuperar, tras la fiebre, parte de las fuerzas y volver a mis expediciones por Moria, comencé a ver al orco de la entrada del lago del Espejo (y de mis delirios) con más frecuencia; en un pasadizo, a la entrada de una sala, en un puente derruido... Unas veces escapaba él y otras era yo el que ponía tierra de por medio. No llegábamos a acercarnos demasiado el uno al otro.
Se convirtió en un problema para mí, principalmente por dos razones. La primera era que no sabía si el orco estaba sólo o había más de su especie a la espera de destriparme. Y la segunda era que mis expediciones por Moria se convirtieron en un calvario. Debía mirar en cada recodo, cada hueco y pozo, vigilar mis espaldas y avanzar tan cauteloso como un mediano que va a robar hongos.
Cada tramo que avanzaba lo iba iluminando con teas para no ser sorprendido en la oscuridad. Si al día siguiente pasaba por el mismo sitio, las teas estaban apagadas, arrancadas de los soportes de la pared y pisoteadas en el suelo. A veces, cosa que me exasperaba, el orco defecaba sobre las antorchas y yo tenía que cubrirlas con tierra y buscar otras para reponerlas.
Un día, harto, grité a las bóvedas de Khazad-dûm tan alto como pude, “¡Juro que te despellejaré y usaré tu piel como alfombra!”. Poco después de que el eco de mi voz acabase de recorrer Moria, el orco surgió de uno de los túneles que profundizaban en las minas armado con cimitarra y cota de malla. Le lancé una de las hachas cortas y la esquivó. Así que agarré el hacha de doble filo y arremetí contra él. Cruzamos varias veces los hierros. Él era fuerte, yo estaba hastiado de su presencia.
Durante un buen rato medimos nuestras fuerzas, hasta que uno de mis golpes –afortunadamente, ya que estaba al límite de mis fuerzas debido a la fiebre pasada- le desarmó. Saltó hacia atrás y desapareció por un túnel gritando "¡Azog volverá! ¡Volverá!”.
Después de ese día anduvimos persiguiéndonos el uno al otro por Khazad-dûm como lo harían un gato y un ratón.
Cuesta decir quién de los dos era el gato y quién el ratón. Quizás por la estatura yo debería haber sido el roedor acosado, pero tenía hachas y sabía usarlas.