jueves 29 de marzo de 2007

El funeral

Preparé el cadáver de Nurweon para el entierro. Le recorté la barba y se la decoré con finas trenzas al modo de mi pueblo. Elegí, del montón de armas que había ido recogiendo por Khazad-dûm, un hacha y una daga para ponerlas en su tumba. Le cubrí el rostro con una máscara de hierro con labrados en forma de lenguas de fuego y le vestí con cota de malla de anillos gruesos. Como Nurweon no tenía botas, busqué unas de su talla. Las encontré en los restos de lo que un día pudo ser un almacén. Eran pesadas, pero eso no importaba dadas las circunstancias.
Lo más complicado era encontrar un féretro. Hubiese sido lo más idóneo, pero estaba solo y me hubiese llevado días preparar uno. Decidí enterrarlo en un lugar donde hubiese tierra suelta y cubrirlo con una losa.
Pasé varias horas buscando un lugar adecuado. Al final, tras mucho meditarlo, llevé el cuerpo de Nurweon a la sala dónde reposaban los restos de Balin. Qué mejor lugar, me dije. Al fin y al cabo Nurweon también había sido Señor de Moria por una temporada y merecía estar junto a él.
Excavé una fosa y lo deposité con cuidado. Puse el hacha sobre su pecho y le crucé las manos sobre ella. Coloqué la daga a un lado y una bolsa con bizcocho, miel y nueces a su alcance para el último viaje que iba a realizar. Arrastré la losa que había escogido para él y, antes de cubrirlo, me despedí.
Rogué a Mahal que le acogiese en su seno.
Por último saqué mi cincel y martillo y escribí en la losa:
Nurweon, del pueblo de Mîm, Aran Moria.
Ese día, como manda la tradición, me eché la capucha sobre la cabeza y velé su tumba hasta que la última de las antorchas que iluminaban la sala se consumió.

Volvía a estar solo en Moria.