Nurweon murió pocos días después.
Mis conocimientos médicos se limitaban a lo que todo enano debe saber para sobrevivir, pero no llegaban a alcanzar el tipo de mal que acabó con Nurweon. Aparte de la herida de la pierna, que cicatrizaba bien, y las costras de la piel, no había ningún indicio de que la muerte le estuviese acechando. Pero él sí lo sabía. La noche antes de morir, sentados junto al fuego a la hora de la cena -sin correas que distanciasen la confianza mutua- , me hizo una petición.
Mellon -dijo- cuando muera quiero que me entierres como si fuese uno de los tuyos. No dejes mis restos en las puertas para que los devoren los lobos. Ni los tires por uno de los pozos.
Le contesté que no dijese tonterías. Ahora eramos dos enanos en Moria, y dentro de poco, cuando encontrase mithril, vendrían muchos más. Le prometí que nadie de los míos iba a rechazarle por el pasado de su pueblo. De eso iba a encargarme yo.
Sonrío, creo que fue la segunda y última vez que vi sonreír, y me hizo prometer que iba a tener un funeral digno.
A la mañana siguiente lo encontré muerto. A su lado, envueltos en un paño, estaban la yesca y el pedernal que me robó.
Durante toda mi vida, las historias que había escuchado contar sobre los enanos mezquinos hablaban sobre un pueblo cobarde y despreciable. Conocer a Nurweon cambió para siempre mi parecer. Lloré por él, y por su pueblo, y me dispuse a preparar un funeral digno de un hijo de Mahal.
jueves 29 de marzo de 2007
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