jueves 29 de marzo de 2007

El enano mezquino (I)

Pasó una semana hasta que el el enano que me robaba quiso hablar conmigo. Le di comida y agua, le traté bien, pero siempre estuvo con las manos atadas a la espalda. No me fiaba de él.
Dijo llamarse Nurweon, y ser descendiente de Mîm. Le dije que eso era imposible, que Mîm fue el último de los enanos mezquinos. Sonrío, por primera vez, al escucharme decirlo.
Según su historia, Mîm -antes de traicionar a Turin- ocultó a varios de su pueblo en unas cavernas de las que no quiso darme nombre ni situación, ya que algunos de los suyos aún las habitaban. Allí prosperaron, a su modo, comerciando con pueblos del sur.
Se enteraron de la Guerra del Anillo y de la llegada del rey de Gondor por las noticias que les llegaron de boca de mercaderes del Harad. Fue entonces cuando un grupo de los suyos decidió viajar a Khazad-dûm y presentar sus respetos al Rey bajo la Montaña.
No sabíamos -contó Nurweon- que Khazad-dûm estaba deshabitada. Creímos que tras la caída de Mordor las minas serían un lugar donde los enanos, sin exclusión, podrían comenzar una nueva vida. Nos dijeron que Balin, hijo de Fundin, reinaba aquí. Entramos por las puertas orientales y no encontramos a nadie. Días más tarde, recorriendo Khazd-dûm de parte a parte, vimos la tumba de Balin. Entonces decidimos habitar las minas y acondicionarlas para que el resto de nuestro pueblo pudiese venir. Limpiamos la puerta oeste, que estaba cubierta de rocas, y acabamos con la criatura que habitaba el lago.
En ese momento de la narración debí de exclamar un “¡Oh!“ que retumbó por toda Moria.
Estaba moribunda -continuó Nurweon- y fue fácil abatirla con las hachas. Se hundió en el lago para siempre. Al igual que otros perdió su poder al caer Mordor. Nosotros -dijo, mirándome con fijeza- nunca mostramos vasallaje al Señor Oscuro. Nunca, repitió.
Le pregunté que dónde estaban los demás, el resto del grupo que llegó a Moria. Entonces bajó la mirada y pronunció con temor “Rukhs”. Orcos.
Quedaban orcos en las minas aún después de la guerra.
Nurweon me contó, a media voz, que los orcos aparecieron de repente cuando llevaban poco más de un mes en Moria. Eran muchos, no especificó cuantos (cosa que me interesaba por mi propia seguridad), y les atacaron desde los pozos que servían de ventilación a las cámaras.
Estaban enloquecidos -dijo Nurweon- y hambrientos. Cuando mataban a uno de los nuestros se lanzaban sobre él para devorarlo. Se disputaban los cadáveres entre ellos. Nosotros nos defendíamos e intentamos que no tocasen a los caídos. Vi como desmembraban a mi hermano, y a muchos otros. Fue horrible. Aprovechábamos para decapitarlos cuando se echaban sobre los muertos. Durante días estuvimos repeliendo sus ataques y enterrando los despojos que quedaban de los nuestros. Pero cada jornada que pasaba eramos menos. Algunos dijeron que debíamos irnos, regresar a nuestro hogar, pero decidimos que no. Venir a Khazad-dûm era lo único digno que habíamos hecho en nuestra vida. Ya no teníamos que escondernos del resto de mundo. Eramos enanos y si debíamos morir lo haríamos aquí, dónde Durin murió.
Debo reconocer que las palabras de Nurweon me emocionaron, y a la vez, me hicieron sentir mal. Yo había ido a Moria en busca de mithril, a enriquecerme.
Cuando quedábamos poco más de una docena -continuó Nurweon-, tuvimos una gran batalla. Los orcos perecieron bajo nuestras hachas. A cada golpe gritábamos el nombre de Durin y el de Mîm. Creo que acabamos con todos ellos ya que no volvímos a ver ninguna más. Sobrevivimos siete. Después la escasez de comida y las enfermedades hicieron el resto. Sólo quedo yo.
Le pregunté que por qué no se había presentado a mí en vez de robarme. Contestó que por lo mismo que yo le tenía atado. No se fiaba de nadie.