jueves 29 de marzo de 2007

El ataque

Una semana después de la muerte de Nurweon salí al exterior a buscar comida. Tuve suerte. Encontré manzanas y cacé dos conejos. Al atardecer me senté a despellejar las dos piezas en la orilla del lago del Espejo. El día era húmedo, con el sol ya bajo escondido tras la bruma, y era agradable sentir el aire fresco en mi rostro. Estaba relajado y el ataque me pilló desprevenido.
Un orco saltó sobre mi, al igual que debió hacerlo el que mató a Balin. Me di la vuelta y forcejeé con él. Era de complexión fuerte, aunque extremadamente flaco, y no llevaba armas. Recordé lo que me contó Nurweon y sentí pavor. El orco estaba hambriento e iba a devorarme. Una cosa es morir con honor en batalla y otra terminar en el estómago de un orco.
Saqué, como pude, el hacha del cinturón y le ataqué. Se defendió agarrándome la mano, y me mordió el brazo. Le golpeé en la nariz y le tiré al suelo. Estaba débil. De dos golpes de hacha, uno en el pecho y otro en la cabeza, le maté. Con la adrenalina a flor de piel acabé por decapitarle. Grité “¡Por Balin!” mientras lo hacía. La sangre oscura del orco me salpicó ropa y cara.
Miré la herida de mi brazo. No tenía buena pinta. Me había desgarrado parte del antebrazo, así que corté un trozo de camisa y lo vendé. Recogí los conejos y las manzanas del suelo y di la vuelta para entrar en Khazad-dûm para desinfectarme la herida y quitarme la ropa ensangrentada. Entonces lo vi.
Había otro orco en la entrada. Era alto y estaba menos flaco que su compañero. Me miró e hizo una mueca que bien pudo ser algo parecido a una sonrisa. Sacó la lengua, roja e interminablemente larga, y luego susurró: “Azog”.
Después desapareció en la oscuridad de Moria.
Fui tras él con el hacha preparada. No le encontré. Corrí hasta mi cuarto y atranqué la puerta. Lamentablemente no tenía una buena jarra de cerveza a mano para aplacar mis nervios, así que me conformé con unos tragos de hidromiel. Desinfecté el brazo, puse un vendaje limpio a la herida y dejé los conejos para comerlos al día siguiente. Esa noche había perdido el apetito.
Más tranquilo –aunque alerta- , me enfurecí conmigo mismo por ser tan descuidado.
Aún quedaban orcos en Moria.