Cuando, en el calor del hogar de mis padres, concebí la idea de viajar a Khazad-dûm, fue con la única intención de buscar mithril. El brillo de los ojos de mi abuelo al relatar la maravilla de cota de malla que portaba Frodo Nuevededos fue lo que me empujó.
Intenté, sin éxito, convencer a un grupo de enanos de mi edad para viajar a las minas. Todos fruncían el ceño y negaban con la cabeza. No, decían unos, Khazad-dûm es una tumba. No, comentaban otros, la criatura del lago aún está allí. Estás loco, decían todos.
Tuve que viajar solo.
Antes de partir me despedí de ellos diciéndoles que la próxima vez que me viesen, mis manos iban a estar repletas de mithril.
Pero llevaban razón. Khazad-dúm era una tumba. Un lugar oscuro y silencioso. Si había mithril debía de estar en las profundidades de las minas, donde, de momento, no me atrevía a bajar.
Tuve cuidado de no acercarme a la orilla del lago del Espejo. El día que llegué lo bordeé con cautela, siempre atento a las ondas del agua. Encontré la puerta sin bloquear, cosa que me extrañó. Alguien, o algo, había retirado las piedras que cayeron cuando la Comunidad del Anillo tuvo que huir de los tentáculos de la criatura del lago. Enanos no, desde luego, ningún enano excepto yo había pisado Moria desde que lo hizo Gimli. O eso creí.
Fue algo que me intrigó durante mucho tiempo e hizo que estuviese más alerta de lo que ya estaba.
Procuré, en las primeras jornadas, salir lo mínimo posible por la puerta del Lago. La criatura me inquietaba, aunque no había visto señales de ella desde mi llegada. Así que dediqué el tiempo en preparar teas y recorrer los niveles superiores dando algo de luz a Khazad-dûm.
En mis recorridos encontré varias hachas en buen estado, que pulí y afilé a conciencia, y una cota de mi talla de mejor factura que la que traje de mi hogar. Era muy pesada e incomoda, pero a su vez me daba seguridad.
Repartí las hachas grandes de doble filo por varias salas, por si me encontraba con dificultades y tenía que echar mano de ellas, y me armé con dos cortas sujetas al cinturón. También encontré máscaras de las que mis antepasados usaban para combatir contra los dragones, y durante un par de días llevé una puesta, hasta que me di cuenta que impedía mis movimientos. Entre la cota de malla y la máscara, era más fácil que algún enemigo me diese caza por los pasadizos. Así que la guardé para regalársela a mi padre a mi regreso. Opté por un yelmo liviano de cuero con refuerzos de hierro.
Hierro, eso era lo único que encontraba. Nada de mithril.
Otro problema era la comida. Dentro de las minas no había nada con lo que alimentarse y mis provisiones, bien racionadas, podrían durar un mes. El agua no era problema. Había manantiales en las minas que ni los orcos lograron corromper.
Tendría que salir al exterior a cazar y buscar plantas, nueces, bellotas, bayas, o cualquier cosa que un estómago enano puede soportar. Pero eso sería más adelante.
Mi primer objetivo era el mithril y disfrutar de la sensación de ser el nuevo Señor de Moria.
jueves 29 de marzo de 2007
Primeros días
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