En una de las muchas escaramuzas que tuvimos el orco y yo, sin saber cómo, quedamos parapetados –uno a cada lado de la puerta- en una sala doble repleta de documentos. Era uno de los archivos de Moria. Yo estaba maravillado del descubrimiento. Allí había miles de manuscritos que seguro contenían toda la historia de Khazad-dûm. En un primer vistazo pude ver que muchos de ellos estaban en muy mal estado, mientras que otros parecían conservarse bastante bien.
El problema era que el orco estaba al otro lado de la puerta y me era imposible ponerme a revisarlos de inmediato.
Le oía trastear al otro lado. Temí que, si en la otra sala también había manuscritos, el orco se dedicase a destrozarlos.
- Deja lo que estés haciendo, orco inmundo –le grité.
- Pero, pequeñín –contestó arrimándose a la puerta-, no hago nada, sólo te espero. Vamos, abre y hablamos.
- Abre tú y te enseño lo afilada que está mi hacha.
Creo que entonces rió, o algo parecido.
- Estamos los dos solos en Moria, enano. Los dos solos. Será mejor que nos llevemos bien, de momento.
- ¡Ah! –exclamé- ¡Estás solo! Creí que iba a tener que decapitar a unos cuantos como tú. Entonces será más fácil. Un orco no es nada para un enano.
- Sarwa era un idiota. Nunca supo controlar su hambre. Azog es más fuerte y más listo.
- ¿Quién es Sarwa? –pregunté intrigado.
- Al que le dejaste sin cabeza en la puerta. Creí que iba a conseguirlo y los dos tendríamos fresca y buena comida ese día. Pero estaba muy débil y era idiota. Atacó alocadamente y sin armas.
- Y tú, cobarde- repliqué-, le dejaste a mi merced sin ayudarle.
- Te he dicho que Azog es más listo. No tengo prisa por arrancarte los brazos y piernas para saborearlos como merecen. Lo que me sobra es tiempo.
- No creo que tengas mucho tiempo. Pronto esto se llenará de enanos. Tendrás que esconderte muy bien para que no te despellejemos. Si es que no lo hago yo antes, claro.
De nuevo le escuché reír. Y, por el ruido que hacía, a pasar las uñas por la puerta.
- No vendrá nadie, enano estúpido. Tu pueblo sucumbirá al poder de los hombres. Y para ellos Moria no vale nada. Está muerta. Los tuyos se marchitarán en sus cavernas de penumbra, rodeados de oro y miseria. Los míos, si es que quedan otros en algún lugar, ya somos historia.
- Dejasteis de ser algo cuando vuestro amo desapareció al ser destruido el Único –dije alzando la voz-. Los esclavos mueren al morir su dueño. Sin Mordor no hay mal ni orcos para servirle.
- ¡Estúpido! ¡Estúpido enano! –vociferó- No entiendes nada. El poder del Único regresará y serán los hombres quienes lo tomen. Pasarán muchos inviernos pero un día regresará. Puede que no en forma de anillo, quizás sea un arca, o un cáliz, quién sabe. Y los hombres ensalzarán su poder destructivo y matarán y morirán por él. A los enanos puede que se os recuerde en cuentos de niñas perdidas en el bosque y poco más. Moria desaparecerá en el olvido del tiempo.
- ¡Embaucador! –grité enfurecido- ¡Engendro mentiroso!
Lleno de rabia abrí la puerta y, hacha en mano, me lancé a terminar de una vez con todas con aquél orco demasiado hablador para mi gusto.
No le encontré al otro lado. Al final de la sala había otra puerta por la que supuse que se esfumó.
En aquel momento, enfurecido como estaba, no me fijé en la belleza de la sala en la que me encontraba. Era una sala de escritura, con mesas de finas tallas, donde mis antepasados pasaban horas relatando los acontecimientos de Khazad-dûm.
jueves 29 de marzo de 2007
Conversaciones con el orco
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