jueves 29 de marzo de 2007

Alguien en casa

El primer día que escuché ruido de pasos en Khazad-dûm creí que tantos días de soledad estaban alterando mis sentidos. Allí no podía haber nadie. No, al menos, en la zona que había recorrido una y otra vez en mis “excursiones” por los múltiples pasadizos y salas. Di por hecho que no eran más que imaginaciones mías.
Hasta el día que desapareció una de mis bolsas de comida. No estaba solo.
La bolsa de contenía bizcocho de viaje, imprescindible para sobrevivir sin tener que salir al exterior a buscar comida, y la tenía guardada en un hueco cubierta con una losa. La losa no estaba colocada en su lugar y había migas de bizcocho por el suelo.
Rápidamente preparé mi defensa. Atranqué la sala donde dormía e hice barricadas en las salas contiguas. Afilé las hachas (de nuevo, aunque estuviesen en perfecto estado) e iluminé con teas los pasadizos por los que más me movía.
Pasaron días -interminables- y no vi ni escuché nada que pudiese alertarme. Me relajé y comencé a pensar que quizás fui yo el que movió la losa y se comió el bizcocho dejando la bolsa Mahal sabe dónde. Lo achaqué a la soledad.
Pero volvió a ocurrir. Al regresar de uno de mis paseos por las minas, el ladrón se había llevado un juego de yesca y pedernal.
Decidí preparar una trampa.